Esta extraña manera… – I –
Llevo yo mucho tiempo queriendo escribir este articulo, y nunca me termino de decidir, porque parecería nimio o un mero contar cosas personales.
Y bien, pues, hoy me lío la manta a la cabeza, y aprovechando que me ha dado por lo íntimo en esta helada tarde invernal, vamos a hablar de:
Esta extraña manera de transcurrir el destino.
Porque a mí en el año 2001 nadie se hubiera atrevido a decirme que me comprara un ordenador, y menos que un día sería la forma de dar fruto una pasión como es en mí escribir.
Todos los síntomas del anti informático los tenía yo: Odio a los teclados extraños, amor por los cuadernos de rayas, torpeza infinita para aprender claves, números de acceso, apertura y cierre de documentos…
Pero principalmente es que a mí me parecía que escribir en un ordenador era traicionar la escritura.
“Yo quiero escribir a mano, como toda la vida”…
Pero sucedió que en el año 2001 yo empecé a tener tiempo libre y deterioro de salud. Y después de unos meses de tanteos empecé un cuaderno (otro) a rayas, con poemas tremebundos, después de casi diez años (desde 1992) de no escribir salvo en contadísimas excepciones.
Y entonces me vendieron un ordenador por sesenta mil pesetas.
Tuve que aprender desde “abrir un documento nuevo” hasta “crear una carpeta”…
Carpeta que empecé a rellenar con archivos que se llamaban de modo originalísimo, “poemas I”, “Poemas dos”, “prosas I”, y así…
Hasta que alguien me dijo que lo de las Carpetas, también servía para más veces: o sea, que podía tener las carpetas que me diera la gana… y que, ya de paso, podría inventar subcarpetas…
Ustedes me entienden…
Aquel ordenador, cuando se le daba una orden errónea, pitaba. Es el ruido más terrorífico que había escuchado hasta entonces; inmediatamente salía un letrerito en pantalla, “orden errónea, revise su equipo”.
Y yo pensaba: “ya me lo he cargado”.
Hasta que ese mismo alguien me explicó, que en vez de “asustarme” (no es la palabra exacta…) y cerrar el equipo y perder lo que había escrito, le podía dar a “aceptar” y pensar en qué era lo que quería hacer con calma…
Ustedes me siguen entendiendo…
El caso es que en cuatro meses, aprendí (que ya es ser torpe, pero bueno…) a crear documento y guardar, crear carpeta, guardar en carpeta, abrir y cerrar documento, y etcéteras elementales.
Mis poemas crecían, mis carpetas crecían, mis documentos crecían…y mis impresiones en la impresora crecían, sí.
Pero aquellas “cosas”, no las leía nadie más que la de siempre: o sea, mi santa madre y quien me vendió el ordenador.
Porque aquel ordenador no tenía Internet…
“Deberías comprarte un ordenador con acceso a Internet, así te leerían”…
Pero- pensé acojonada- (ahora sí pongo la palabra exacta) ¿quién puñeta me iba a querer leer a mí y cómo?…
Yo no sabía qué cáscaras era Internet.
Aún no hay comentarios.









