Cosas sin ninguna importancia
Amanece un día helado en Madrid. Cosa que yo no debería mencionar en este sitio, dadas las profundas reflexiones que nos están cayendo en la cabeza acerca de lo que es y debe ser en general un blog.
Una se siente pequeñita y casi casi inscrita en una burbuja; ¡ mon Dieu!… en medio de las terribles discusiones que hay montadas sobre este mundo de la Red, y yo escribiendo sobre el frío que hace en Madrid…
Ay señor, no tengo remedio.
Mira que si alguien lo lee y saca la tremenda consecuencia de que no estoy al loro, y que, además, me trae al fresco estarlo…
Tendrá razón, claro.
Decía que ha amanecido un día helado en Madrid. No se me ha helado el blog porque lo conservo abrigadito; le doy calorcito de lugar al que acudir, le pongo calditos de escritura, y le acuno con comentarios que los lectores tienen a bien insertar.
Pero yo sí que amanecí casi pajarito. Y, paseando por la calle con el chucho (¡horror de los horrores, hablar de un chucho en un blog, que es una cosa tan seria!) veía cómo en mi barrio se iba formando el típico vaho en los coches aparcados de los días de invierno. Todo el mundo con abrigo y bufanda; hasta las señoras con el carrito de la compra, que bufan y rebufan yendo al Saveco, y que normalmente no llevan bufanda porque les sobra con el calor que da subir la cuestecita con los paquetes.
La furgoneta municipal, como todos los días, aparcada junto a la entrada del garaje, atascando la acera; buena forma de demostrar que las multas no van con ellos.
El mercadillo de Antonio Toledano lleno de aproximaciones (de momento echar un ojo, nada más) al letrero de “congelo y guardo besugo para navidad”.
La placita esquinera con Peñascales vacía, salvo de hojas secas que no ha barrido ni el otoño ni los barrenderos…
Así se ha ido deslizando la mañana…
Mientras se alborota la blogosfera y yo sigo hablando de cosas sin importancia.









