Aditivos en Navidad.
Esto de comer y beber en días determinados, me matará…
Salgo de cena pantagruélica y me meto en comida digna del hambre de Carpanta.
Pero bien.
Lo que sucede es que claro, luego hay que pensar en la sopita de la cena, la verdurita, o el pescadito casero para bajar tanto arrebato de colesterol.
Y digo yo, ustedes ¿han pensado alguna vez lo poco que se preocupan los anunciantes en estas fechas de nuestro colesterol?…
Me explico. Todo el año nos pasamos escuchando, viendo y leyendo anuncios en los que el alimento o bebida que nos quieren vender viene precedido de las palabras “bajo en colesterol”, “contiene nutrientes”, “sin aditivos”, y demás zarandajas. Y sin embargo llega la Navidad y hala, se lanzan al puro caso contrario sin importarles en absoluto nuestra salud: turrón de Jijona, marquesitas con mantequilla cremosa, mazapán con guirlache, jamón curado, piña tropical…vamos como si en la vida los mismos que en abril nos adoctrinan casi con la garrota en alto de que debemos comprar ese producto y no otro porque ese precisamente no tiene colesterol, y es buenísimo para nuestra salud, nos hubieran dicho lo contrario.
O sea, resumiendo, que en navidades nos podemos morir de una subida de tensión arterial con el aplauso de los comerciantes pero en mayo ni se nos ocurra.
Pues estamos listos…
Abandonada Tarde.
Se ha suspendido la tarde en el intervalo. Espera, claro, la alteración de la noche habitual, el otro tipo de suspensión del ritmo cotidiano que supone la cena tranquila, casera, viendo quizá la televisión o escuchándola luego desde la cocina con el ruido intermitente del agua del fregadero. El anuncio del detergente único en el mundo, o la voz del locutor de la noche diciendo que se esperan chubascos ocasionales en el Norte y brumas y nieblas en la zona de la Rioja, mientras los platos se secan, y quizá, decidimos meter a la lavadora el paño de cocina porque anda ya el pobre que no hay manera con él.
Todo esto se ha detenido. Como la tarde. Envuelta en un tibio sol invernal, indeciso, amortecido, que apenas templa. Espera la tarde como destino fatal las luces nocturnas, esas que hoy traerán vida a las calles, trasiego de gentes, desplazamientos en el coche, atascos en el centro, portales que se abren y se cierran, luminarias, petardos, botellas de champagne, la mesa engalanada, los niños que chillan en el pasillo, el humo del tabaco, y finalmente el brindis “porque el año que viene lo celebremos otra vez”, mientras suenan los móviles, se acaparan teléfonos, alguien dice que no le pongas más vino que ya está medio mareado y el abuelo o la abuela desde un sillón orejero mira a la familia pensando que está bien el alboroto pero que sus piernas mañana le pasaran factura.
La tarde quieta. Sabe que hoy no es protagonista. Que hoy no es el objeto de mira, que hoy nadie mirará su paisaje lento de diciembre pensando en ella, sino para decir, “ya es de noche, vámonos”.
Y en su quietud acumula su abandono.
Lectura de web y paradojas…
En no recuerdo ahora qué página, ya me perdonarán los lectores, pero a lo largo del día son muchas y ésta la leí, me pareció muy interesante pero no pensé hablar de ella. Bueno, retomo el tema…
Frase y Palabra.
Frases. Estamos llenos de frases, nos alimentamos de frases. Frases hechas, frases como sentencias, frases como dictámenes, como disparos, frases como diciendo “ahí queda eso”, mientras nos miramos al espejo y nos quedamos encantados de conocernos después de haber soltado “la frase “de turno.
Qué aburrimiento de grandes frases, de sentencias, de “ahí queda eso”…con lo fácil que es hablar sin frases, decir las cosas sencillamente, sin ganas de que nos aplaudan por ello, sin ganas de releernos o escucharnos pensando lo listos que somos, sin retruécanos, ni vueltas a la tortilla; hablar sencillo, expresarnos como somos, sin el adorno de la frase, sin dejar al otro pensando qué habremos querido decir o que somos unos pedantes del carajo, o que como no sabíamos qué contar lo adornamos con un nido de palabras huecas.
Cómo odio las “frases” y cuanto me gustan las palabras…las palabras escogidas si se quiere, pero sencillas, nobles en su pureza, las palabras que aportan en vez de auto escucharse en un círculo vicioso absurdo. Cuando empiezo a leer, escuchar, detectar frases siento no tener una tiza mágica, como las de los juegos de magia de la niñez, para borrarlas, para desterrar todo ese artificio sin sentido, toda esa bambolla que lo único que oculta es la vacuidad de quien solo tiene frases, pero no palabras.
La Tos.
Con la que está cayendo y yo escribiendo aquí para decirles a ustedes que tengo tos.
Ay, pero verán, esto de tener un blog es así. Hay gente que piensa que tener un blog es solo para escribir de temas muy actuales y que nos hagan menear la cabeza abrumados de responsabilidad ante no se sabe quién. Y hay gente que pensamos que tener un blog es escribir porque. O sea, a ver si me explico; no “para”, sino “porque”; y mi “porque” es que me da la realísima gana. Y a veces me apetece hablar de las cosas que suceden, y a veces me apetece contarles sucesos pequeños, de la vida corriente, sin más. Y no hay cosa más corriente en diciembre, con el fresquito que ha hecho la semana pasada en los Madriles, con la nevada que cayó, que tener tos. Todo el país constipado, hasta los banqueros se nos han puesto muy malitos, vaya por dios. Y los políticos, bueno, los políticos llevan con catarro desde Aristóteles, que ya es llevar tiempo, angelicos. Y las administraciones públicas tienen una carraspera que ni con Frenadol. La universidad se está agarrando una gripe de tres pares de Bolonias, digo de narices. Y la Iglesia anda con pulmonía triple, virus de obispitis agudísima y síntomas de neumonía artrítica, o sea, que está pero que muy malita, la pobre.
Así que así ando, con tos, como todo el mundo.
Pero yo, por lo menos tomo algo para curármela, no como otros…









