Bochorno y botijos…
Domingo de bochorno. Un calor africano, o sea, madrileño. Lo que son de o viven en Madrid me entenderán de sobra. En otros lugares, en otras geografías de España, hace calor, puede que haga muchísimo calor, no me olvido de Andalucía y sus temperaturas de agosto, por ejemplo, pero en Madrid el calor es africano. Es decir, es un calor sin medida, sin aire, sin brisa, es un calor seco, disparatado, concreto y concretado en un sol a plomo que refulge y se cuela y no admite tregua.
Cuando hace este calor, el madrileño desaparece.
En otras ciudades el calor hace salir a la calle, irse a las terrazas, pero sucede que en Madrid hace más calor en la calle que en las casas, incluso de noche. La teoría de las terrazas en Madrid es eso: teoría, aunque las Vistillas, la zona del Manzanares y cerca del Retiro se llenen de gente. Porque allí la gente no va a refugiarse del calor, sino a mirar y a que la miren. Y sí, ya comprendo yo que decir esto puede sonar feo, pero es así. La gente que aquí llaman “guapa”, o sea, los pijos, salen como setas en verano, a mirar y ser mirados y cuanto más cara sea la terraza más pote se dan. Para el que no conozca la frase, “darse pote” significa “presumir de uno mismo”. Pero eso sí, no salen a tomar el fresco. Lo de tomar el fresco se hacía cuando Madrid tenía todavía botijos y se sacaba a las puertas de las casas la silla y el cacharrito, que era lo que quitaba el calor, naturalmente. Yo todavía he visto algunos botijos, en mi infancia, cuando también existían los serenos, y las calles estaban por así decirlo, guardadas por el dueño del chuzo…
Pero hoy no. Ni serenos, ni botijos ni gente a la puerta de la casa. Lo único que dura es el calor.
Por eso decía que lo de las terrazas es pura teoría; para empezar casi todas cierran antes de las dos, lo cual evita que se esté en la calle justamente cuando empiezan a bajar realmente un poco las temperaturas, para seguir, en dichas terrazas no hay sitio donde quedarse aireado porque están preparadas para que vaya mucha gente- la que tiene pelas para ir, claro- y lo que menos corre es el aire ( otras cosas sí corren, y es lástima), y para acabar porque cuestan un ojo de la cara, con lo que la ciudadanía prefiere tomarse el café con hielo o el martini en su casa, salvo estos que digo, los sempiternos guapitos de cara que sufrimos en Madrid.
Entonces, ¿qué defensa hay contra el calor en Madrid, además claro, del aire acondicionado que no es defensa sino causa del sesenta por ciento al menos de los constipados que en esta Villa y Corte nos agarramos en verano?…
Otro día les hablo de los abanicos y del amigo fiel de las familias sin posibles: el Ventilador.











A la espera de sentir las brisas del abanico manejado con salero, digo que es una lástima que puestos a perder cosas del pasado perdamos lo peor, justamente lo peor.
Prometo no hablar del calor de Segovia, porque dura de verdad lo que tarde en escribir un cuento, poco más. Y por las noches refresca. Pero lo del botijo es imperdonable. Absolutamente imperdonable.
Reivindico el botijo, como seña de identidad, algo así como la eñe.
Comentario por Amando Carabias | Junio 1, 2009
Que razón tienes Alena… Como bien dices, por aquí en el sur también sabemos de esto.
Un saludo.
Comentario por Gonce | Junio 1, 2009
¡Cuántos recuerdos me trae el botijo!
De mi infancia, de Extremadura, de tiempos que no parecen que hayan sido verdad. Pero siempre me queda esa sensación fresca del agua al beberla “al chorro”, cayendo por la gargánta, refrescándo la blusa mojada … ¿Porqué será que hay cosas que el recordarlas hasta parecen que nos dan dolor?
Comentario por Pilar | Junio 1, 2009
Pilar, ¿no te has encontrado nunca con un botijo (búcaro en el Sur) con un pequeño agujero en la panza? Siempre hay algún bromista que le divierte ver como mientras bebes te pones empapado el pecho. En la oficina donde trabajaba era muy normal esto.
Comentario por Gonce | Junio 1, 2009