Cosas en los bolsillos.

  Creo que entran algunas personas buscando este texto, que nació de forma independiente y luego pasó a formar parte de La Casa de Alena.

Por si lo quieren releer.

COSAS EN LOS BOLSILLOS

Para Ana Diezma.  En memoria de tanto. Siguiendo la promesa.

Cosas en los bolsillos…yo siempre llevaba los bolsillos del pantalón llenos de cosas, chicles, tabaco de chocolate, cerillas de azúcar, varios pañuelos, una llave de una puerta que ya no existía en el  corral de la casa del pueblo, una pistola diminuta de agua  que me echaron los Reyes, una placa de policía secreto, de latón, que me hacía un amigo y que yo creía que era de verdad…porque yo quería ser detective, como Sherlock  Holmes, y por eso  andaba por la casa, entre sus patios, por la antigua cuadra y el olvidado palomar, sigilosamente, a la hora de la siesta, buscando el tesoro escondido del bisabuelo, todas las tardes de aquellos largos, cálidos, alegres veranos de mi infancia, de julio a septiembre.

En el Pueblo había un cine, por la noche, que ponían en la plaza; allí  acudíamos todos, niños y mayores, con nuestras sillas de mimbre, y bajo el módico precio de dos duros veíamos la bellísima película de vaqueros en la  que los buenos siempre ganaban, mataban al indio que era  malísimo, y siempre llegaba a tiempo el Séptimo de Caballería y el guapísimo John Wayne. Y claro, para ir, me llevaba algo de dinero en los bolsillos porque había  que pagar la entrada y comprarse un polo de limón, y pipas, que me vendía el del bar de la esquina, y a veces llevaban un carrito con coca-colas y fanta, y también comprábamos, yo y mi amigo Felipe, que se sabía  todas las películas y algunas veces me contaba el final para que yo no me preocupara  por lo que iba a pasar después.

Pero otras veces íbamos a la función que representaban los titiriteros que me daban algo de miedo porque llevaban la cara pintada de blanco, y algo de pena porque no les salían los trucos,  se les caían los aros a los malabaristas, y los payasos contaban chistes que nadie entendía porque apenas sabían hablar español, pero yo siempre les daba dinero, y ellos, a veces, me regalaban caramelos o cintas para el pelo que yo me guardaba en los bolsillos. Cuando nos marchábamos de allí, había siempre un olor como de jara y de pachulí mezclado, que duraba días, hasta que los titiriteros se iban a primeros de septiembre, cuando empezaba a dorarse el sol  y  los días eran más frescos  y al salir por las mañanas en  bicicleta ya olía a leña. Yo cerraba los ojos y aspiraba aquél olor, como una fragancia, como un aroma, para recordarlo todos los días de mi vida…aquel cielo azul, el campo verde-amarillo plagado de amapolas, el llano innumerable confundiéndose con el horizonte, la frescura del aire…olía a leña, sí: yo me tocaba los bolsillos y me sentía segura, mientras los llevara llenos no me pasaría nada. Lo sabía desde que me caí a la puerta de tu casa, la tarde que estaba jugando a las carreras de bicicleta con Nano, en la Colonia de Hoteles. Aquél día no estaba el chico que me gustaba y me aburría, porque no teníamos balón para jugar al fútbol, así que cuando Nano me propuso aquello acepté encantada.

-Tu eres Eddy Merck y yo Ocaña.

-Vale.

Me ganó las dos primeras y yo me piqué. Desde la salida, la entrada a la Colonia, hasta la llegada, la entrada al recinto de la piscina, había un kilómetro justo.

-¿El desempate?-

-¡Claro!.

Aceleré todo lo que pude y me adelanté, pero en la curva antes de la última recta se me fue el pedal y él pasó delante.

-¡Jope!

-¡Venga, tira..!

Apreté los dientes y seguí dando pedales…o eso quería, porque había perdido el paso y lo que me di fue un tortazo de los de aquí te espero. En el suelo y sangrando le vi llegar a la meta ,mientras lloraba a gritos. El castañazo fue de aúpa. Me cogieron en volandas a los acordes de «pobrecita, pobrecita, no llores» y me llevaron a un chalet, donde me curaron, me dieron coca-cola, y me quisieron hacer dejar de llorar, pero no había manera…hasta que tú, que me habías recogido, dijiste:

-¡A ver!, ¿qué llevas en los bolsillos hoy?

-¡Pues…nada, si hoy no llevaba nada!…

-¿Lo ves?…¡Esto te ha pasado por no llevar nada en los bolsillos!,¡siempre tienes que llevar cosas en los bolsillos, para que nunca te pase nada malo!…

Eso me hizo dejar de llorar, claro: desde entonces los llevaba llenos de cosas, como había dicho Ana.

El verano se componía también de las noches en el patio, en las hamacas: allí mi padre me enseñaba las estrellas, mi tío recitaba versos, y mis hermanos…bueno, mis hermanos eran mayores y estaban por allí a sus cosas hasta que desaparecían con mis primos y yo pensaba con mucha sagacidad: «se han ido a Extremera», que me parecía el colmo de la diversión para los mayores. A mí no me llevaban nunca a Extremera, porque era pequeña, y era una pesada…pero algunos veranos dejé de ser pesada y me admitieron como ayudante de dirección en la obra de teatro que ensayaban en casa; mi función era hacer los recados , así que me sentía  importantísima. Y claro, entonces añadí a los bolsillos una hojita y un lápiz para apuntar los recados que tenía que hacer, y una goma de borrar para irlos tachando, y un sacapuntas para el lápiz.

           A mediados de septiembre llegaba la última ocasión  para  guardar cosas en los bolsillos, porque era la fiesta de Jesús  y después de ella nos veníamos a  Madrid.

Para la fiesta se engalanaba todo el Pueblo con cintas de colores y guirnaldas, se añadía luminaria a la plaza, y en el Ayuntamiento(que tenía unas escaleras de caracol altísimas  y por las que subíamos papá, mamá y yo con el Alcalde hasta la tribuna, en la que, cuando ya estábamos sentados para la inauguración con los fuegos artificiales, me decía el Alcalde: «hasta que tú no des la orden no empezamos», entonces yo agitaba mi mano derecha, convencidísima de mi importancia, y él decía: «que empiece la Feria». Y el aire se llenaba de colorido, de luz, de ruido ,de alegría, con fuegos verdes, azules anaranjados, violetas, rojos, hasta la traca final que duraba más de cinco minutos, y entonces toda la plaza estallaba en una ovación clamorosa y se oían gritos de: «¡viva el alcaldeeeeeee!…») se colocaba la bandera nacional con una luz  en el centro.

Pero el día anterior se efectuaba la Procesión de Jesús Nazareno y a ella había que ir arreglada, ya que las fiestas eran en su honor; entonces me vestía con los pantalones de pana, porque los vaqueros no eran apropiados(los tenía rotos de jugar al fútbol en la Colonia) y  la camisa lisa y blanca.

En aquellos pantalones me cabían menos cosas, pero me llevaba el pañuelo, la llave y la piedra blanca que encontramos en el río mi primo y yo, y que fue nuestro talismán  hasta que él se fue de España y yo la perdí el verano siguiente.

Aquella piedra blanca iba a ser la primera que pondríamos en nuestra casa de Lisboa, cuando surcáramos el río Tajo en la barca que íbamos a construir con las maderas que estábamos recogiendo, y que guardábamos en el Corral, bien ocultas de los mayores para que no las vieran, porque si las encontraban  descubrirían nuestro secreto y además nos quitarían las maderas y nos llamarían tontos y fantasiosos, aunque nosotros sabíamos que no eran fantasías, porque éramos muy capaces de hacer una barca, y cuando íbamos al río hablábamos con el barquero que sabía nuestro secreto y siempre nos preguntaba; «¿qué tal la barca?, ¿vais bien con ella? Una barca es difícil de construir, tenéis que pensarlo mucho antes de empezar, para que no se hunda»…Así que, si el barquero que era tan importante en el Pueblo porque pasaba a la gente a la otra orilla nos creía, estaba claro que tendríamos barca. Además a veces nos daba maderas, y volvíamos cargados con ellas hasta el corral cuidando de que nadie nos viera…Una vez nos pilló la madre de mi primo, pero, sin saber por qué, hizo como si no  hubiera visto nada, aunque a la tarde siguiente, cuando íbamos a nuestro Refugio, nos llamó y nos dijo bajito»: en las cuadras he dejado unas maderitas para la barca…» Aquello nos hizo ver que era una aliada secreta con la que podíamos contar.

Ella también iba a la Procesión junto con la familia, y por supuesto iban mamá y El General; El General  era mi padre, que no era militar ni nada, pero nosotros, mi primo y yo ,estábamos a sus órdenes. Él era sargento, y yo el cabo, y todos los veranos nos poníamos a su disposición y hacíamos lo que nos mandaba: recados, ir por pan, leche, huevos, llevar bultos pequeños, ir a buscar a gente de casa… Si no cumplíamos sus órdenes, nos arrestaba: teníamos que dar una vuelta al patio, o salir a la puerta de la calle y decir a voz en grito»: pirulí-pirulá, por orden del General», o decir «: el gato es azul, y tú verde»,cosas así, lógicas y razonables.

A la Procesión me llevaba por eso la piedra blanca en el bolsillo, y también un dibujo que hacía a veces El General del  recorrido, -para que nosotros dos vigilásemos todo muy bien-, el pañuelo  y la llave.

Con la corrida de toros se acababa oficialmente el verano. Todos mis hermanos, mis primos, y todos sus amigos iban, pero se colocaban en las barreras de la plaza, entre los palos y en los carromatos que ponían para ese efecto. Papá, mamá y yo la veíamos desde el Ayuntamiento, aunque enseguida papá se bajaba para la plaza, se iba a ver a los toreros, compartía pitillo con ellos, veía a un montón de gente y terminaba subido a algún carromato haciéndole señas desesperadas a mamá  para que bajase, pero mamá le decía que estaba loco, que cómo se iba a meter ella allí; todo esto, a voces, entre el humo de los puros de la gente, el olor a cerveza, los estallidos de algún petardo, y los clarines que ya tocaban para empezar la corrida.

En ella yo me aburría un poco; me daba miedo que al pobre torero le pasara algo y entonces sacaba las cosas de los bolsillos y las recontaba. A veces subía Ana allí y me pillaba en la operación.

-¿A ver?…¡muy bien!…vamos a ver: una piedra blanca, una llave, un pañuelo, un chicle… ¡Muy bien!…¡toma una piedra negra, esa para el bolsillo izquierdo!.

Y yo me la guardaba como otro  nuevo tesoro que me daba suerte.

Cuando terminaba la corrida, después de la coca-cola a la que me invitaba mi amigo el alcalde, buscaba a mi amiga, pero ya no estaba, se había ido con mis hermanos, claro, porque ella era mayor y yo una cría, pero de lejos la veía y entonces agitaba la mano y me gritaba : «¡hasta la próxima!, ¡y guárdate la piedra!».

Y yo tocaba el amuleto al día siguiente cuando ya en el coche el vientecillo gris anunciaba despedidas y regresos, veranos infinitos con tesoros, barcas, fútbol, cine, olor a leña quemada, y cosas, cosas en los bolsillos que me hacían segura, que me daban la certeza  de que mientras las llevara todo iría bien, y la vida nunca me quitaría lo mas importante de todo aquello: los  recuerdos.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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Una respuesta a Cosas en los bolsillos.

  1. Pierre Miró dijo:

    Sencillamente, precioso.

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