Los extraños viajes de los libros.

De mi librería me llegan noticias de Liszt. Naturalmente no es que el muchacho haya resucitado, sino que se pondrá en camino, aunque esté muerto. O sea, para entendernos y dejar de hablar de aparecidos, que el libro que pedí me llegará en unas semanas, pues tiene que hacer un cierto viaje aún.

Y al hilo de esa sencilla información, se me ha ocurrido pensar lo que ahora les cuento, y es la curiosa manera que tienen a veces de llegarnos los libros.

Verán, estoy leyendo otro libro sobre música, concretamente la Vida de Schubert, de Gibbs, un libro antiguo pero muy interesante, del que ya les hablaré cuando lo acabe, y resulta que este libro yo no iba a comprarle, sino que fui a El Argonauta a por los lieder de Schumann, que compré, pero al ladito estaba éste como pidiendo asilo…y dudando, porque al ser un libro editado hace diez años me parecía que igual estaba ya obsoleto; bueno, pues no.

Pero hay casos mucho más curiosos, de estos viajes de los libros. Cuando una tenía unos diez años, leyó, tomado de un bibliobús semanal, un libro para niños llamado El Viento en los Sauces; bien, el libro entonces me encantó, y no saben ustedes cuánto sentí devolverlo, pero llegaron otros, claro, pasaron los años, compré otras cosas y me olvidé de él; cual no sería mi sorpresa cuando hará año y medio, fisgando en la extinta La Clandestina, empiezan a brillar todas las lucecitas de mi niñez, doy un grito, Mariano se me asusta, corre hacia mí perplejo, mientras repito “ ¡ pero mira, mira, pero mira! “, Mariano añade “ cómo beben los peces en  el río…”, mientras yo saco triunfante de la estantería El Viento en los Sauces, al grito de “ me lo llevo, me lo llevo, mi libro”; Mariano apunta tímido, “ pero es un libro para niños”, y yo, más entusiasmada aún, “ ¡ por eso, por eso!”…

Luego ya le expliqué, claro. Pero estas cosas suceden, estas extrañas llegadas de un libro a nuestras manos, o desapariciones forzosas, que también las hay; cuando tenía dieciséis años, me regalaron tres libros de Hermann Hesse en la antigua editorial Austral, El Lobo Estepario, Shiddharta y El Último Verano de Klingsor. Me los regaló la misma persona, que sabe de sobra cómo adoro las ediciones cuidadas; bien, leí los tres y me encantaron, y el último me sedujo enormemente y me influyó además en otras lecturas, por ejemplo de pintores, de escritores descriptivos, de biografías…bien, pues ese libro lo presté, y naturalmente, no me lo devolvieron. Desde entonces y a pesar de que tengo la obra completa de Hesse y el libro lo leo cuando quiero, es como tener una ausencia en la librería de algo irreemplazable; no se trata sólo del texto, sino de la edición; pequeñita, cuidada, de tapa blanda, para leer en la cama…ustedes me entienden.

 

Extraños viajes sí, los de los libros, tanto de llegada como de marcha…¿tendrán vida propia?,  pienso a veces, el libro perdido ¿ pensaría que con su huida me abriría caminos en vez de estancarme?…el reaparecido, ¿querría devolverme un trocito de mi infancia?…no acierto a saberlo, pero mientras, sigo esperando a Liszt y lo que ustedes piensen del asunto, claro.

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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4 respuestas a Los extraños viajes de los libros.

  1. No me he olvidado de esta casa, no. Es que estos días han sido un tanto azarosos, casi como los viajes de los libros. El otro día empecé a entender a los que gustan de los libros de viejos. Ojeando uno, al hojear más despacio (creo que era de Unamuno, pero no me hagas caso) encontré una postal escrita hace muchos años por una niña que -fantaseé yo- estaba leyendo el libro y contaba a quien enviaba la tarjeta que se estaba aburriendo muchísimo durante las vacaciones… Un soplo de vida, pero de una vida ya pasada, que llega al presente escondida en un libro.

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  2. alenar dijo:

    Tengo un libro, Amando, que se llama “Impresiones y recuerdos”, de Julio Nombela, un periodista del siglo XIX que murió hacia 1920 -y por cierto no mires la wikipedia porque sólo dice estupideces sobre él- que compré en una Feria del Libro Antiguo de Madrid, hace ya bastantes años. Bien, el caso es que el librero me miraba con cara rara mientras yo miraba el libro y ya al rato me dice: “la última página se lee, pero está partida”…
    El librero no se dio cuenta de otra cosa; en su página primera en blanco había una dedicatoria; ” A fulanita[ omito el nombre] de su queridísima amiga[ omito el nombre] en espera de mejores años. Madrid 16 de julio de 1936″.

    Me sentí “depositaria”; no se cómo decirte. Recogí el libro, lo pagué, y al regresar soñe que en algún lugar del tiempo, allá donde estuvieran, las dos amigas sonreirían pensando que el libro podía descansar en paz.

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  3. catherine dijo:

    Hay los que me hacen un guiño en el escaparate de las librerias, los que están al lado del que busco. los que esperan en el cajón grande, los que viajan a Barcelona u a casa de mis hermanas y viceversa y los pobrecitos que cuando necesito más sitio para los nuevos tienen que irse al cementario de los libros y se volverán libros de viejos haciendo guiños en el escaparate….

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  4. alenar dijo:

    Ay…y cómo sentiré yo no encontrarlos…a los del cementerio de los libros, digo…
    Pobrecitos, siempre contigo y después tan tristes echándote de menos para siempre…
    (Ahora no te pongas melancólica…;) )

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