Las Tachaduras.

Cerrando el día de hoy, que parece haberse decidido a ser de otoño por fin, y sintiendo que ha estado bien. Ha estado bien porque he escrito bastante y con sentido, que no es poco.

Que muchas veces una escribe bastante y luego termina con las manos en la cabeza diciendo lo de anda que vaya engendro. Y entiéndanme; a estas alturas no voy a ir de modesta; no quiero decir con eso que diga esto es muy malo, sinceramente, sino que no es lo que yo quiero que sea. Y a cuenta de esto andaba pensando yo en la cosa esta de la auto crítica a la hora de escribir; pero de la auto crítica seria, no la de sonrisita de conejo, del “ay, yo no se escribir, hago lo que puedo”.

No, miren ustedes, yo sí se escribir, otra cosa es que tenga escritos mejores y peores, porque no siempre anda una con la cabeza en lo que debe, pero esa critica de la modestia no va conmigo. Y conste que ahora aparecerán quienes gustan de mal interpretar, allá ellos… Me refería a la auto crítica verdadera, es decir, a releer un texto objetivamente y saber tachar. Saber quitar, saber expurgarlo de todo lo que no añade nada a lo que se quiere contar.

Pero para eso, claro, hay que empezar por saber qué se quiere contar. En ese sentido yo tacho muchísimo. Tacho todo aquello que encuentro accesorio, a la narración, naturalmente, aquello que, si no está, el lector no pierde nada de ella, de lo que se está queriendo contar.

Me gusta la exactitud escritural, y eso necesita muchísimas tachaduras. A menudo leo relatos, novelas, cuentos, artículos, en los que, para expresar que un alguien está –por poner un ejemplo tonto- subiendo unas escaleras para entrar en un edificio público donde se encontrará con un personaje central del relato, se tira tres páginas describiendo las escaleras; y digo yo, ¿qué quiere el autor/a que entendamos, que lo importante son las escaleras o el personaje que se va a encontrar?…Creo que me explico.

Por eso digo que tacho. Para que un relato, un cuento, una novela, tengan eso que yo llamo sentido, hay que despojarlo de aderezos, darle al lector el relato que queremos que lea y no otro. Y eso cuesta, claro que si, y lleva tiempo. Porque es cierto, también podemos querer que el lector/a se nos despiste; llevarlo por laberintos, por galerías, claro que sí, pero hasta para despistarlo tendremos que saber cómo escribimos lo que escribimos y para qué.

Y por eso muchas veces cierro libros que estaba leyendo, porque parecería que en algunos no hay tachaduras, no hay criba; como si el escritor/a hubiera dejado todo lo que buenamente se le ocurrió y allá se las componga el lector – o sea yo-. Y naturalmente cuando empiezo a leer escritos así, sin tachaduras, suelen ser malos relatos; sin despojarse de lo accesorio se han convertido en un vergel intransitable.

Y decía que había sido un buen día. He tachado. He avanzado y he pulido. Avanzo. Aunque eso sí, el chico de la chaqueta sigue a saber dónde…

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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4 respuestas a Las Tachaduras.

  1. En esencia estoy de acuerdo con lo que dices. La verdadera tarea del escritor es la de tachar, reescribir, ordenar, cambiar, quitar, poner… Primero eres redactor y luego escritor.
    Ahora bien, creo que no toda la literatura ha de ser esencial, no todo lector descarta una descripción de tres páginas sobre una escalera o sobre cómo ha percibido el paso de una sombra ante su retina. Quiero decir que el lector, también pretende disfrutar de otro tipo de estilos menos esenciales o menos directos. No quiero citar nombres para no enredarnos en estilos individuales -que también es un aspecto a tener en cuenta-, ni siquiera quiero citar etiquetas que agrupan a ciertos escritores, porque también nos confudiríamos, pero creo que me he explicado. Y, por supuesto, tampoco quiero decir lo contrario, o sea que casi siempre uno pretende que no se llenen páginas por llenarlas con reiteraciones innecesarias, con disgresiones absurdas, etcétera.

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  2. alenar dijo:

    Claro, Amando, no me expliqué bien. Las digresiones, las descripciones en narrativa naturalmente que pueden ser de lo más interesante; ves al autor desplegándose por así decir. Y las hay magníficas, no me refería a eso, me refería a cuando esas digresiones no añaden nada. Es decir, como autor uno/a puede querer que se perciba por ejemplo un ambiente, o una geografía determinada, o un lugar, o la forma de moverse de un personaje, y entonces logicamente nos detenemos en otras cosas que no son la trama nuclear del relato. Pero, ese tipo de digresiones aportan al relato porque le dan otro punto de vista. Ahora bien, cuando esa morosidad no obedece a un propósito- y muchas veces no obedece a nada salvo a la diarrea mental del autor/a, con perdón- lo que hacen es estorbar la lectura, porque sobran. Hay una prueba muy simple que se puede hacer con cualquier relato que las tenga; como autor/a o como lector/a: probar a leer eso sin ellas y ver si lo que se ha leído pierde o gana, es decir, si esa digresión es necesaria para ese relato. Si aporta riqueza, puntos de vista, lo que sea, bueno está, pero muchas veces lamentablemente no aportan nada salvo la idea-al menos la idea que yo saco- de que quien lo escribió se “emocionó” con sus propias palabras y no supo pararse a tiempo.

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  3. catherine dijo:

    Escribir con sentido es lo que pide el lector. Me alegro de este buen día para ti, Alena.Y no entraré yo que no lo soy en el trabajo de los escritores.
    El chico de la chaqueta lo vi atravesar la glorieta de Bilbao el viernés pasado. ¿Todavía no ha regresado? es inquietante.

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  4. alenar dijo:

    Jajajajajaj!…si señorita, lo “vimos” pasar…iba detrás de un ratón y un gato…¿recuerdas?…
    Un beso fuerte…ma cherie.

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