Libros sin huella ( Algunas lecturas).

Estos días en la sierra anduve leyendo libros de estos que no son sino un entretenimiento, al menos en teoría, es decir, son libros que no dejan huella, que pueden hacer pasar un rato agradable, y que luego, en general, se olvidan porque no son imprescindibles.

Lo malo es cuando encima de no dejar huellas aburren.

He leído dos, el primero me divirtió, me reí con él, me entretuve y pasé un buen rato, es de Miguel González San Martín, y con el título Una vuelta a Bilbao en ochenta domingos, recoge los artículos que este periodista publicó en El Correo. Es lo que podemos llamar literatura amable. Literatura para burgueses, por entendernos; artículos ligeritos, algunos con una leve sorna, siempre con la ideología guardada, que no se vea mucho, pero que aportan un costumbrismo afable de lectura de invierno y mesa camilla. Está bien, es ameno, no va más lejos de una mirada paternalista sobre Bilbao; por supuesto no entra a ningún trapo ni lo pretende, y su función es entretener.

El segundo, viene precedido de bastante fama de libro de culto para esta gente tan apegada a la Nueva Era, adicta a chamanes, Gurús, doctrinas de Vida Espiritual y no se sabe cuántas cosas más, y es un coñazo infumable. A mí es que los Gurús me parecen un rollo que para qué las prisas, qué quieren que les diga; en cuanto empiezo a oír, a leer o a escuchar vaguedades como que la “armonía es posible” y no sé qué más no puedo evitar pensar que se lo deberían contar a los parias de Somalia. Con un mazo en la cabeza les iban a dar a los Gurús; a no ser que llevaran comida, claro. Que no es precisamente cosa espiritual sino necesaria para sobrevivir.

El librito es de P. Jaccottet, y se llama El Paseo Bajo los Árboles. El caballero dice que va a hablar de esos “momentos significativos” en los que se siente un todo con el mundo y que eso le lleva a descubrir la poesía.

Una se imagina al pollo pera parándose en mitad del campito que describe, de la luna que describe y de los pajaritos que describe, diciendo eso de “éste, éste momento, oh, qué armónico estoy, voy a contarlo”.

Es un lenguaje lleno de palabrería, que pretende ser estético, pero que no dice absolutamente nada, que repite constantemente la idea de lo bien hecho que está todo, lo felices que somos todos, y lo bien que nos debemos sentir todos. Es decir, es un lenguaje lleno de frases. Pero no de nada más.

 

Ahora se estilan mucho las frases, los gurús nuevos que nos van a regalar la felicidad y no sé cuántas islas más; habrá quien le guste. Yo cerré el libro en la página 35, y lo dejé ahí, en su torre de marfil; suspirando con los pajaritos y sin ver nada del mundo en el que presuntamente vive.

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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