Delicias veraniegas.

No sé qué tiene el verano que la gente lo elige para hacer las cosas mas inoportunas.

Ya perdonarán, pero creo que no recuerdo en mi vida un solo verano sin obras de algún vecino en la casa; en la antigua, la de mi madre o en la mía.

Todos los santos veranos y al menos durante un mes hay que comerse con patatas los martillazos de los albañiles. Todos. Debe ser que así se ameniza el calor.

Todos los santos veranos en la calzada del barrio se ponen a levantar zanjas. Todos. Y a colocar unas grúas esplendorosas delante de las narices de los sufridos vecinos, que, esquivando socavones además soportan la rechifla del albañil gracioso de turno; con la sonrisita del ahora vas y te jorobas te suelta el “se va usted a caer”; dan ganas de contestarle: “no se preocupe, si me caigo ya me paga usted la hospitalización”; a ver si se mete donde yo le diga sus opiniones.

Todos los santos veranos hay un niño que aúlla por los patios, porque no quiere dormir la siesta. Y digo yo; ¿porqué no le dejan en paz a la criatura y así podemos dormirla el resto?…

Todos los santos veranos llegan desde las ventanas abiertas-no la mía- los olores a fritanga que cocinan delicadamente los vecinos. Hay que tener buen humor para ponerse a hacer pimientos fritos con la que está cayendo.

Son esas delicias veraniegas con las que pronto nos invadirá la prensa oficial para demostrarnos que es “la mejor época del año”.

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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