La biografía de Castelli. Un paseo por Europa.

He tardado casi una semana o más en leer el libro de Annie Cohen-Solal, El Galerista. Leo Castelli y su círculo.

Primero porque son casi seiscientas páginas y segundo porque a la mitad, como vulgarmente se dice, me atasqué. Y el atasco por lo que ahora diré es bastante comprensible.

Vaya por delante que éste es un libro excelente, y que puede llamarse “la biografía canónica” de Castelli. Es decir, si nos gusta el arte y los entresijos del mismo, si nos interesa conocer cómo este hombre llega a ser el más grande impulsor del arte estadounidense en el siglo XX y principios del nuestro, el libro se hace imprescindible. Así que veremos a la familia y los antepasados del galerista, recorreremos la historia de Centro Europa, asistiremos al desarrollo de una ciudad como Trieste, veremos desmoronarse imperios, sufriremos los rigores de la segunda guerra-y los de la primera- con ellos y terminaremos por desembarcar en Nueva York, con Jasper Johns, Twombly, Rauschenberg, y tanto otros pintores a los que Castelli dio a conocer en su propio país-el de ellos- y en toda Europa.

Ahora bien- ahora vamos al atasco-, el libro tiene dos partes muy definidas, aunque la autora no lo haga expreso, y hay una diferencia en la forma de contar evidente en ellas. En la primera, hasta que Castelli “desembarca” en EEUU , el tono es el de una historiadora del arte con unos conocimientos históricos de calado; de modo que la narración no abarca solo a Castelli sino la historia de Europa a nivel cultural y social, y esta narración es morosa, cuidadosa, evocativa, llena de sugerencias al lector a través de lo que cuenta incluso para que éste-el lector- quiera avanzar en investigaciones sobre el periodo o sobre los temas que trata.

Sin embargo, en cuanto llegamos a Nueva York el libro se transforma. Empezamos a leer algo muy parecido a la hagiografía- disimulada muy bien eso sí- con una mezcla de citas de unos y otros, de narraciones de exposiciones en las que Castelli parece un dios del Olimpo, y sobre todo, empezamos a asistir a lo que yo llamo “ristra de nombres”. Que fulanito, zutanito y treinta más expusieron el año tal, la enumeración de las galerías que tenía, las citas-más- de lo que decían de él…Y eso no estaría mal si no fuera porque no hay aquí el tono reposado, ni la morosidad de la primera parte, ni un cierto poner al tanto al lector de lo que era la sociedad norteamericana; Cohen parece pensar que con nombrar a diez artistas americanos el lector va simplemente a decir “ oooh, sí, ya sé”, y no, o parece pensar que la situación general de EEUU no nos interesa mucho y pasa de puntillas; o sea, que llegamos a Nueva York y nos despacha con que allí a los artistas americanos no se les comprendía y eran unos marginales.

Si a eso añadimos la sensación- y esto es muy subjetivo por parte mía- de que Cohen entiende que el arte americano, el de Warhol, el de Jasper Johns , es el “verdadero arte” y todo lo demás es fruto del pasado y anacrónico y obsoleto y caduco, pues es comprensible que yo me atascara y hasta me atragantara.

Cohen-Solal estuvo en el “circulo de Castelli”; lo conoció hacia los años ochenta y parece que también cayó bajo su influjo. Es cierto que da la imagen de alguien contradictorio, que no le ahorra críticas, que explica muchos intereses espurios, pero también es verdad que al final del libro una- o sea yo- tiene la impresión de que se le ha ido un poquito la mano en la cosa de admirar.

 

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
Esta entrada fue publicada en Arte, Literarismos. Guarda el enlace permanente.