Mozart y la lluvia.

Andamos en Madrid en medio de una tormenta con golosinas.

Es decir, con aparato eléctrico, del que yo disfruto mucho. Y esa lluvia casi a cántaros, que limpia y desatasca no sólo contaminación y calor, sino también ideas, me ha venido bien.

A veces hace falta una lluvia larga para centrarse en la frescura del aire y desaguar impurezas.

Ojalá sea tan refrescante como la música que escuché esta tarde; el concierto para piano y orquesta nº 23, de Mozart. Qué lujo verlo dirigido por Eschenbach. El programa, como siempre en el canal clásico, es de hace dos años, pero merece la pena. El director, a la vez que dirigía a la orquesta, interpretaba la parte pianística, y en las dos cosas da un ejemplo de rigor. Es verdad que por momento se “emociona”, pero dentro de una contención general que se agradece una enormidad.

Y naturalmente Mozart es agradecido; quiero decir que a poco que se haga bien, encandila. Y ya sé que esto no es nada técnico. Tampoco es la lluvia una técnica y cuando llueve como debe encandila igual y refresca y seduce.  Como Mozart. Es el concierto a mi modo de ver una obra alegre, sencilla, sin excesivos cambios de tonalidad, en la que el adagio es un modelo de dulzura, pero siempre en tono suave, no sombrío.

Para preludiar el agua nocturna, nada mejor que Mozart; igual de necesario en estos tiempos de sequedad y metales…

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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