La grisalla.

Mañana de domingo. Tomo un café lento y sin prisa hacia las once. Después también sin prisa saco al perro.

Hace mucho frío. El sol sale y se esconde según le apetece. Igual no le gusta mucho el panorama de esta ciudad cada vez más gris, más callada, más resignada.

Mientras la alcaldesa regresa de portugales y la ministra Bañez nos pide que recemos, van cerrando tiendas del barrio y se alquilan y venden decenas de pisos. Inútilmente, claro.

Paseo intentando simplemente eso; dar una vuelta. Me dejo llevar por la luz, por el cielo medio aborregado; hay como un presagio de nieve que no sucederá, una cierta suspensión del aire que acompaña. Ojala fuera cierto que alguna vez se puede olvidar sólo paseando. Lo malo es que solo es una aspiración inútil.

Me fatigo pronto; no estoy bien, llevo días sin estarlo y decido regresar. Este mes de noviembre no marcharé a la sierra, pienso, mientras el sol se esconde detrás de un borreguito. Cuando llego a casa las noticias me sientan de golpe en otro tipo de domingo, uno en el que hay gente que sólo pasea su desesperanza.

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
Esta entrada fue publicada en Del vivir habitual. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a La grisalla.

  1. Kuni dijo:

    No tenemos colores y vivimos así. Hemos vuelto al gris, a ese blanco y negro sucio.
    Lo dices muy bien.
    Un abrazo.
    K.

    Me gusta

  2. Qué melancólico, qué hermoso, qué doloroso, qué cierto. Muchos besos

    Me gusta

Los comentarios están cerrados.