Liszt y los dogmas.

Estaba acabando de leer las Cartas de un artista, de Liszt. La música de Liszt me gusta mucho, y creo que mis lectores/as habituales lo saben.

Lo que no me ha gustado es su libro. Liszt en realidad lo que hizo fue publicar una serie de artículos para revistas musicales de su tiempo, en los que reflexionaba sobre el papel de la música, los artistas y las diferentes culturas musicales que conoció.

Esto en teoría suena muy interesante. Deja de serlo al meterse a leer las cartas.

Porque tanto el lenguaje, florido  y vaporoso, pretendidamente elevado a las alturas, solemne, grandilocuente, como el tono, doctrinal, moralista, jesuítico- lo cual dicho sea de paso se contradice con su vida personal, porque este pollo tuvo al menos dos amantes-, son lo que vulgarmente se llama un coñazo.

A Liszt le traía a mal traer lo que él  llama la “subalternidad” de los músicos, y el estado de la enseñanza y la consideración musical. Esto, que denuncia continuamente con razones concretas, es lo más interesante de estas cartas; el problema viene de que Liszt mezcla churras con merinas y en medio del razonamiento se pone a escribir sobre la magnificencia de Dios, su poder absoluto y la necesidad de que el pueblo retorne a la fe primitiva de Cristo.

Es decir, que viene a ser un elemento de la Iglesia Católica con excusa musical reivindicativa.

Y a mí me aburre infinitamente. El resultado: seguiré disfrutando de su música pero sin tragarme panfletos.

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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