Un Magnífico Landero: “Absolución”.

Ayer al terminar este libro que voy a comentar pensaba en que en ocasiones es mejor mantener la boca cerrada un tiempo prudencial antes de opinar sobre lecturas.

Porque me equivoqué y ahora tengo que reconocerlo.

Verán; empecé a leer Absolución, de Luis Landero, y en las primeras veinte páginas me sucedió algo que me pasa muchas veces: que me cansaba. Había una narración tan morosa, tan detenida en las cosas que, no entendía bien a dónde quería ir a parar el autor. Porque, además, me estaban contando- o a mí me parecía eso- dos historias a la vez, o por mejor decir, tres. La primera la de un tipo a punto de casarse que se siente más feliz que una perdiz, la segunda los recuerdos del tipo en cuestión, de cuando era pequeño, que me “distraían” por así decir, de lo que parecía el núcleo narrativo y la tercera las reflexiones del tipo sobre su vida.

Y hacia la página treinta y tantos pensé lo típico: este libro no lo termino.

Sin embargo, había frases, pensamientos, actitudes en el desarrollo de la novela que me llamaban, como signos cómplices, como mojones que me decían “sigue”; por ejemplo, la ironía, por ejemplo la reflexión sobre formas de vivir, por ejemplo cierta introspección con la que me identificaba.

Y afortunadamente seguí.

Digo afortunadamente porque Absolución es una bellísima novela. Una novela sobre el deseo de huida y sobre la culpa.

Para Landero, o mejor, para el protagonista de la novela, hay gente que no puede permanecer en un lugar, porque siempre su destino es estarse buscando. Son gentes extrañas, que no se acomodan a costumbres, que no se domestican; gentes siempre de paso, de viaje, de ida; casi nunca de vuelta. No permanecen, no se quedan, no tienen más raíces que el andar. Y eso tanto exteriormente, como interiormente. Los afectos, amores, recuerdos, son dejados-no sin pena, no sin remordimiento- para seguir camino. De ahí el título del libro; porque Lino, el protagonista, que se va a casar, por un incidente grave, emprende una huida a no se sabe bien dónde pero que ya estaba en su interior; es decir, que el incidente es apenas una excusa para “irse”. Pero naturalmente no puede irse de sí mismo, de sus actos, de las consecuencias de ellos. Y eso, no sólo en él, sino en todos los “caminantes” deja el peso indeleble de la culpa. De la culpa que necesita absolución.

A Lino lo absuelve una confesión con un amigo, que, más que de absolutor ejerce de testigo, de receptor, de escuchador.

Una se preguntaba al final del libro cuanta gente buscará ser absuelta de huidas de mundos que, en realidad no son sino ortodoxias sistemáticas que nos reglamentan el corazón.

Todo esto está narrado a través de un mundo delicioso de personajes, unos –como en los buenos relatos- ayudadores del héroe- porque Lino lo es, aunque a él no le gustaría oírlo-otros “contrincantes”, “opositores”, los que ponen piedrecitas en el camino, la escena de la comida de petición de mano es una joya de ironía- y por fin los personajes que de algún modo representan el pasado, como los padres de Lino.

Con una ternura, ironía y lirismo que acompaña el libro, y que efectivamente nos hace llegar al final prendidos de la historia. No sólo nos sentimos acompañantes de Lino, sino de Gálvez, del señor Levin- un personaje con historia propia-, de Clara, y hasta del perro Comediante.

Y yo, que había dicho en la página veinte, “qué lentitud”, escribo hoy para explicarles que no se deben perder esta magnífica novela.

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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2 respuestas a Un Magnífico Landero: “Absolución”.

  1. Tomada nota… Lo meteremos entre los proyectos cercanos de lectura. Landero siempre me ha gustado, así que seguro que tampoco me decepciona ahora. Gracias y un saludo.

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  2. Landero casi siempre camina por esa senda de lirismo y la ironía.

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