Esa triste misericordia.

Hoy afortunadamente existen muchas asociaciones, la mayoría altruistas, que se ocupan de distintos colectivos de discapacitados; les informan, les facilitan conocer cómo tratar esa minusvalía, les ayudan a encontrar recursos de todo tipo, les ponen en contacto con afectados por el mismo problema.

Esto es sin duda de ningún género un avance enorme, al menos desde los años 60 en los que yo recuerdo que para mis múltiples problemas médicos, sólo existía, o apenas, la buenísima voluntad de una serie de profesionales, que, en muchos casos no tenían una especialización en las diferentes materias que hubiera habido que tratar en mi particular problemática.

Es un logro, y yo lo saludo y me alegro, y tengo para esos profesionales todo mi ancho y profundo reconocimiento.

Ahora bien, para todo hay un “pero”, y lo quiero expresar aquí.

En la mayoría de las asociaciones de discapacitados, tanto físicos como psíquicos encuentro dos rasgos que me rechinan, y que por sufrir varios de los problemas que tratan aunque no estoy en ninguna asociación me dan cierta grima.

Lo he titulado “esa triste misericordia”. Veamos; es ese tono muchas veces entre paternalista y victimista que se emplea al tratar de los minusválidos –o discapacitados si les agrada más el término- y que no ayuda nada al reconocimiento e integración social de los afectados.

Yo soy disléxica y tengo autismo-en un grado leve, pero bastante jorobado, dicha sea la verdad, porque este último me crea problemas de relación social, y el primero me hace a veces padecer una desorientación espacial que para qué las prisas-. Cuando leo cosas como que fulanito Pérez es “maravilloso porque ha ganado un premio de —lo que sea– <a pesar de> ser autista, o disléxico”, se me llevan todos los diablos. Pienso: “ qué rico, qué chuli, qué majo, fulanito Pérez ha ganado un premio y lo que se valora de él no es el premio –como con todo el mundo “ normal”, sino que es Autista, o Disléxico”…Es decir, vamos a ver: si queremos integrar hay que integrar completamente, con todo, es como decir que mengano, el atleta negro ha ganado la carrera. Y ¿qué carajo de importancia tiene que sea “negro, disléxico, autista”?

El autismo y la dislexia son una lucha diaria, contra las dificultades cotidianas, pero si además las mismas organizaciones- hablo en genérico, no me salten con el disparate de que las insulto, porque no estoy diciendo eso- que quieren ayudar a gente con estos problemas nos tratan con ese paternalismo del “pobrecito, hay que darle palmaditas porque es discapacitado”, no llegaremos a ningún sitio, salvo a que el disléxico o el autista colija que le van a dar palmaditas hasta cuando hace pipí solo porque es discapacitado.

 

Dejemos la misericordia para quienes no saben de ella; usemos la ética del trato digno.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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