Cincuenta años de “Rayuela”.

De Rayuela se está diciendo tanto estos días, que una casi preferiría no decir nada y releer la novela. Se explica su experimentalismo,  su nueva forma de novelar, su concepción de personajes entremezclados, su técnica de libro abierto.

Y a mí se me queda tan frío, tan poco humano leerlo.

Los libros, los buenos libros, no necesitan explicaciones: necesitan ser leídos.

Leer Rayuela es meterte en un mundo particular en el que la poesía y la magia están presentes desde la primera frase. Hay que dejarse llevar por la historia que cuenta Rayuela; que, como todas las historias tristes, termina mal. Y dejándose llevar, impregnarse de un ambiente. Porque Rayuela más que una historia, es un ambiente: un ambiente de lluvia, ternura, piolines y tristeza en un París al que todos quisimos ir alguna vez. Y no, no es difícil leer  Rayuela, sobre todo si se tienen veinte años. Quiero decir, que con cincuenta se le ven las costuras, se adivina el oficio, se entiende por qué apiló Cortázar los pensamientos filosóficos aparte: si los hubiera mezclado nos los hubiéramos saltado, porque, honestamente, son lo peor del libro; lo menos interesante y lo más coñazo. Pero con veinte años de eso uno no se entera, porque leer Rayuela es sentir que nosotros también buscamos a la Maga, o a Oliveira. Y que se nos rompen los paraguas mientras suena una música triste.

A mí me ayudó Rayuela literariamente y como persona. Literariamente porque me enseñó que no necesariamente una novela necesita un argumento: con perdón de los expertos, en Rayuela no pasa nada, es el ambiente y la gente la que pasa. También me enseñó que la novela no es lo que explican los manuales ni los críticos oficiales, sino el lugar donde el novelista recrea un mundo; y cada mundo es según lo escriba uno. Me ayudó sobre todo a definirme: a definir sobre todo qué no quería escribir yo. Yo no quería ni quiero escribir para lectores estupidizados. Antes de leerlo, ya no creía en la novela al uso, masticada, lista para deglutir, en plan papilla y biberón. Después de Rayuela entendí que era perfectamente lícito pensar como pienso.

En lo personal me abrió a un mundo diferente, un mundo mucho más ancho, mucho más disperso, en el que debería aprender- yo- a transitar sin regirme por las orejas de burro o las anteojeras que, tanto en literatura como en la vida, quieren calzarnos.

Por eso a Rayuela le debo tanto. Porque me permitió crecer, aunque se me sigan rompiendo las varillas de todos los paraguas.

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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2 respuestas a Cincuenta años de “Rayuela”.

  1. ludovicahd dijo:

    Vaya comentario magnífico, Alena. Yo tenía diecisiete años cuando mi padre me dio “Rayuela”, con su frase favorita: “te va a gustar”. Lo devoré, lo leí de todas las formas posibles (aunque sigo defendiendo que la “normal” es la mejor).Y, efectivamente, se me abrieron varios mundos y otras formas de escribir, tienes toda la razón. Somos muchos los que le debemos tanto a Cortazar…

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  2. Es curioso, tengo la sensación -el año pasado volví a leerla- que habían cambiado algunas cosas de sitio. Que el jovenzuelo de 20 que leyó por vez primera aquello, lo leyó muy malamente. Hace un año llegué a la conclusión de que, en realidad, como dices, no pasa nada, pero, por otra parte no dejan de pasar cosas, fundamentalmente la vida.

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