Sueños de viernes.

Amanezco a las nueve. He dormido bien, aunque con diversos sueños: como flashes breves. Lo que recuerdo de ellos: una casa abandonada llena de sillones con sábanas blancas, personas de mi infancia, les digo, pero si estáis muertos, ¿por qué seguís aquí?…alguien me responde; nos gusta venir.

Un patio. Miro y comento a alguien que está detrás de mí: han florecido los geranios. Otra persona responde, también detrás de mí: y los almendros que te gustaban. El sueño no es triste; es como si yo hubiera ido a “verlos”. Como si me enseñaran las cosas. Pero de pronto, cambia; aparecen las viejas cámaras de mi casa de pueblo, de la infancia. Veo que han hecho habitaciones, que hay dos viviendas construidas. En esta viviremos nosotras. Es mi madre quien habla. La miro; no, yo no viviré aquí. Me sonríe. Ya, ya lo sé, pero vendrás a verme, ¿verdad?…le digo que sí, que claro. Pero aquí vas a pasar mucho calor. Le añado. Yo ya no tengo calor, me contesta, y además, añade, está tu padre. Miro. Mi padre anda por allí a lo suyo; lleva una gorra, la suya, y acaba de coger una manguera. Lo malo de este suelo, dice, es que se llena de polvo; hasta que lo enlosemos. Meneo la cabeza: pero quítate la gorra, papi, qué manía…

Cambia la “decoración”; de pronto abro una cancela. Salen dos perros enormes con alborozo. No sé bien dónde estoy. Alguien que identifico con un amigo de la familia, de la infancia, les grita; no os la comáis, que trae tortilla. Me río.

Ahí me despierto. Son las nueve. Mis sueños, pienso, me han llevado a mundos infantiles muy mezclados, pero todos agradables. Me pregunto sonriendo si es que mis fantasmas me echan a veces de menos y los visitó por las noches…

Hace sol. Desayuno despacio. Podría decir “despacito”, que es más exacto. El perro me mira. En la calle no hay gente. Hay ventanas cerradas, toldos echados. Me cruzo apenas con el vecino, que sale siempre a las ocho y luego hacia las diez otra vez. Saluda; ahora para él ya soy habitual. Le digo que estoy hasta el domingo: es que no nos quieres…y se ríe. Las palabras de siempre.

Después de dejar al chucho, me voy por el periódico. Me apetece leer en impreso. Ya que estoy al lado compro gazpacho y jamón serrano. A la salida, el sol pica. Hay menos brisa. Baja una señora agobiada de bolsas; el único coche que debe haber en circulación la pita como si fuera la Castellana. La señora, que bastante tiene con las bolsas, ni le mira. Baja la ventanilla. Pero apártese, coño. Ni se aparta, ni contesta. El fulano frena. Ella sigue bajando. Cuando llego a su altura- la de ella- se sonríe: que vaya por otra calle, me dice. Pues sí, le respondo, que vaya por otra calle, que hay muchas.

En casa el perro me saluda como si viniera de la guerra. Transcurre el verano. Silencio.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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2 respuestas a Sueños de viernes.

  1. Emma Rosa dijo:

    ….Porque los sueños son una continuación de la vida, de aquella vida, de “cuando entonces”, y una conversación puede despertar, invocar a la memoria para que nos transporte otra vez a las vivencias de quien fuimos…soñar en pasado o en futuro, en, desde, hacia…la mente sueña para crear nuevos sueños y en este caso para trasladarlos al papel y permitirnos a los “ajenos” poder disfrutar así de tus sueños.

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  2. He oído en más de una ocasión que soñar con nuestros seres queridos que ya no están, es cosa buena, muy buena. No es que uno crea mucho en estas cosas -más bien nada-, pero estoy seguro que este tipo de sueños es algo bueno… Además de hermoso, tal y como nos lo cuentas.

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