Lamartine y Liszt

Escucho los preludios de Liszt. Mejor dicho, los vuelvo a escuchar. Es una obra a la que regreso cada cierto tiempo.

Me causa impresiones distintas según se va desarrollando. Me llega su armonía, que a veces se basa también en los elementos discontinuos, en las “notas sueltas”. Me llega también su otra cara; su parte “guerrera”, por así decir, su redoble. Pienso en Lamartine, del que proceden en segundo término, porque el proyecto inicial era sobre los versos de Josep Autran. Me entero- no lo sabía- que en un principio eran piezas para coro tituladas Los cuatro Elementos, que al final, por resumir mucho, el compositor desdeñó por no gustarle nada los poemas, y entonces elegir a Lamartine para la obra.

Los destinos de la memoria…pienso; hoy Lamartine no es valorado y sin embargo queda por estos preludios de un artista genial. Eso sí, sin coros. Busco a Lamartine en Red, sus “nuevas meditaciones poéticas” de donde procede la obra…encuentro una carta de Alfred de Vigny a Víctor Hugo en la que le dice que carecen de unidad y tema, que son claramente mejores las primeras…

Pero no encuentro muestra de ellas…la memoria es esquiva; parece que sólo queda la música.

Da que pensar todo esto; en el paso del tiempo, en lo que se considera obra de arte y lo que no, en lo que permanece…

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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Una respuesta a Lamartine y Liszt

  1. Tienes razón. Da mucho qué pensar. Al final queda la música que, justamente, es lo menos concreto, lo más interpretable, lo que se queda en el interior de quien la escucha, y allí realiza su tarea.
    En su fase de semilla -no sé cómo crece una melodía en el interior de un músico, pero pongamos que una serie de notas, un ritmo, algún acorde…- pudo ser, de hecho fue, una respuesta a un poema determinado o una serie de poemas que hablaban de algo determinado. Pero eso, ahora no importa nada, porque a unos esta música les dice una cosa, pero otros otra. Y el arte, pues, no está tanto en la razón que origina la obra, sino en el corazón de quien la recibe.

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