La Novia.

En la plaza del ayuntamiento el sol rompe  la perspectiva. He llegado dando un paseo después de comprar la prensa. Hay gente tomando el aperitivo en la terraza nueva. Me quedo mirando. En camisa, con algún jersey, mostrando octubre a la luz, es decir, mostrando que no hace frío.

plazasolHay niños que juegan. Siempre hay niños jugando en las plazas de los pueblos los domingos. Un camarero lleva unos montados de lomo que causan envidia: estoy por sentarme: si lo hago, pienso, no saco fotografías, que es a lo que vengo.

Paseo. Un contrapicado de luz. Dejo el bastón al lado de la pileta circular donde juegan los críos. Me miran. No dicen nada. Los niños nunca preguntan al forastero: solo le miran a ver si lleva buenas intenciones. Si no les dices nada, se alegran; prefieren ser invisibles antes que responder a tonterías como “¿ te gusta el cole?”, y similares.

Doy la vuelta mientras un rumoreo de conversaciones se va alejando.

Al bajar por la calle Mayor me encuentro, ya llegando a mi calle, al vecino, sentado en su coche.

Torrelaguna-20131006-01247La charla confidente de quien piensa que puede confiarse porque ya “nos conocemos”…me cuenta que estuvo casado cincuenta y tres años. Habla de su mujer, fallecida, como si aún fuera una novia…

Le miro. Aún existe ese tipo de afecto, pienso. Hoy que la moda es vivir alternativamente en pareja lo menos posible; vaya a ser que nos aburramos.

El sol de la plaza, pienso, ha llevado cincuenta y tres octubres su tibieza de oro a esa pareja y no pudo con ellos la nieve del invierno. Ni podrá, se me ocurre, la muerte, mientras él recuerde a la “novia” con esa dulzura.

Le digo que seguro que ella es feliz de verle cómo la recuerda y su ánimo. Me sonríe.

Cuando llego a casa hay una cierta sensación de pureza que me acompaña.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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2 respuestas a La Novia.

  1. Muy hermoso Alena. Lleno de ternura, de paz, de esa pureza que te llevaste a casa… y te siente bien.

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  2. Aún son posibles esas cosas, porque el amor -el verdadero, no el de las gazmoñerías que nos inculcan desde Hollywood y cierta literatura- sigue haciendo de las suyas.
    Hay que tener un oído y una mirada especial para ver y escuchar lo que nos cuentas.

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