Los dos tipos de presentaciones a las que NO asistir.

Al hilo del artículo anterior que pueden leer en este blog, me pregunta Elena Casero, amiga y magnífica escritora, que cuál es la presentación “ideal”.

Elena sabe, para eso somos Amigas, cuánto me gustan a mí las preguntas de ese tipo. Sobre todo si sirven para que haya debate, charla, manoteo del simpático, del “ay pues yo prefiero que”, y claro, en cuanto la he leído he empezado a rumiar lo de la cosa tremenda del ideal presentatorio. Eso sí, no se me enfaden porque estos artículos son un “devaneo”; compartir ciertos rechines con ustedes, comentar algunas cosas que pueden venir bien;  nada más.

Ay señor, pues yo entiendo que para cada uno habrá una, y además que es distinto si eres el presentado/a o el público.

Pero para decir cuál es el tipo ideal de Presentación, podemos empezar por definir las que NO lo son de ninguna manera.

Yo lo que de entrada veo son dos tipos que me parecen igual de “infumables” y perdonen el palabro. La primera la seria. O sea, la que parece que va una/o a un funeral. Allí todos son muy importantes, se saludan en voz baja, el autor/a entra muy circunspecto con media sonrisa y mirando al suelo como si tuviera la culpa de algo…hombre, la tiene de haber escrito el libro, pero vaya…

Y resulta que se sientan, hay rumor de sillas y un golpecito al micrófono, que no sirve para nada porque aquí, en estas, tampoco se usa, y a continuación va y saluda el director/a de la cosa, dando lo que yo llamo “los títulos de crédito”; o sea que se tira cinco minutos contando que fulanito, el que patrocina, es director de la fundación vayaustedasaber, que se inició con el legado de nosesabequién y que ha escrito ( aquí como ristra de ajos diez libros citados, cinco artículos de revista, diez entrevistas y todas las honorables “menciones” que ha recibido en su vida) tantos libros, luego dice que el prologuista es…otros cinco minutos, y después larga un spech sobre el autor que nos deja pensando que a su lado Einstein es tonto del culo. Después pasa turno. Y cuando uno se cree que el presentador va a hablar del libro, nos larga cuarenta minutos de monólogo sobre “el arte de la novela en…el fulano de turno”. Que debe ser la hostia, el arte, digo, porque nosotros, el público, hemos dejado de escuchar a los diez minutos y nos hemos puesto a mandar mensajes por Facebook a los amiguetes. El pobre autor, para cuando le llega el turno ya no tiene nada que decir…pero lo dice, divaga otra media hora sobre el arte narrativo, o poético, habla de la “función semiótica de las palabras”, con lo cual su tía Margarita se sobresalta, y termina mencionando la incuestionable necesidad de la lectura.

En estas presentaciones, un consejo: que a nadie se le ocurra “abrir el coloquio posterior” porque no llegan ustedes vivos a la cena. Son las típicas del pesado preguntón pero aumentadas en cuatro o cinco, que saben pero muchísimo, y que mencionarán por orden alternativo a: Holderin, Roland Barthes, Steiner, la Bauhaus, la semiología de Levi Strauss, lo que dijo Umberto Eco en Apocalípticos e Integrados, Borges, Reginaldo Arenas (estos dos últimos sólo si son “muy muy progres”).

A estas alturas yo ya me he ido de la sala.

El otro tipo es justo el lado opuesto.

Para empezar, si la cosa se hace en una librería, ya se ocupan ellos de que aquello parezca lo que sea excepto una librería.  Con lo cual se presentan lo más despeinados y sudados posible, si es menester en camiseta, con ostentación clara de llegar tarde; ellos y el público. Y al librero que le follen. Armando bulla de “ ay, que guay, machote, que se nos ha jodido la moto y creía que no llegábamos”, palmadas innúmeras al autor, a los amigos del autor, a los conocidos del autor, a la madre que parió al autor, y al librero, que, antes de empezar ya está hasta el carajo del lío en el que se ha metido, de las cinco cervezas previas que se han bebido allí, del pestazo a alcohol que destilan autor y acompañantes y del puto libro de los cojones que es el que menos culpa tiene de nada.

Una vez que, se han medio sentado…digo medio, porque muchas veces alguno se sienta encima de la mesa de presentación, con las zarpas colgando y la botella en ristre, da comienzo lo que yo llamo para mis adentros “el sarao”.

Y el sarao viene a ser una serie de discursos, es un decir, en el que se habla alternativamente:

De lo majo que es el autor/a.

De lo simpático que es el autor/a.

De lo estupenda que es la editorial.

De lo majos que son los amigos del autor/a.

De que este libro está hecho con mucho cariño.

De que el autor/a es muy inteligente.

De que yo-quien sea- conocí al autor/a y enseguida vi que escribía muy bien.

De lo contento que está el  autor/a.

De todos los apoyos que ya está recibiendo el autor.

Luego se pasa a la “lectura”. O sea, que unos mil amigos del autor leen un texto suyo. Y como se ha llegado a las nueve (porque se había quedado a las ocho), y se ha empezado a las nueve y media, son las once y media y todavía queda el remate del “coloquio” (y cinco cervezas más).

Yo de estas me suelo pirar cuando empezamos con “cómo conocí yo a manolito/a”.

Pero  me estoy enrollando y aún me queda contestar a Elena. ¿Me tienen paciencia?…

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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3 respuestas a Los dos tipos de presentaciones a las que NO asistir.

  1. Va a ser una serie de lo más… Sigue, sigue.

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  2. Elena Casero dijo:

    jajaja. me suena mucho ambas las dos

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  3. Elysa Brioa dijo:

    Como dicen por ahí arriba… Sigue, sigue.

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