Dónde presentar un libro.

Hala. Voy a meterme en jaleos. Eso me gusta, digo, lo de meterme en jaleos. Y más si hablamos de libros. Porque llevo varios escritos contando qué hacer y qué no hacer a la hora de esa cosa tremenda que es una presentación y todavía no he tocado el temita del dónde.

Hace quince años, o mucho menos, este escrito no hubiera tenido razón de ser: la respuesta se venía a la cabeza porque casi no había otra: “pues en una librería o en un centro cultural, o en una biblioteca pública”.

Algún “garito” había, conste. Al menos en Madrid y Barcelona, que yo sepa. Pero no era lo habitual. Y tampoco era tan habitual como ahora la presentación de libros por gente que no era conocida. Hoy sí, y debo decir que yo me alegro.

Me alegro que se presenten libros por gente que no es “conocida”  y me alegro que haya sitios alternativos donde hacerlo. Porque las dos cosas favorecen aunque sea en pequeñito que se lea y que se difundan libros distintos a los del mercado oficial.

Porque naturalmente el “mercado oficial” lo que quisiera es que no existiéramos, y me incluyo. Y aquí me llevaría lejísimos escribir sobre el ninguneo de autores y libros que no forman parte de la cadena empresarial que paga a los periodistas que escriben reseñas, que hablan de libros en radios, y a la tele no la menciono porque hablar de libros en la televisión es hablar de marcianos; a no ser que se consideren libros los engendros que le escribe el “negro” a Belén Esteban.

Pues digo yo, ¿dónde presentamos, oigan?…

Pues miren: donde se facilite una atmósfera adecuada para el libro que presentamos. Y esta generalidad que acabo de decir tiene su explicación.

Yo, personalmente, pero esto es subjetivismo, prefiero presentar en una librería; me parece el lugar natural, el espacio que le es consustancial al libro. Ahora bien, esto a veces no es posible: hay muchas librerías en las que te tienes que llamar Importante para hacerlo. También hay muchas librerías que simplemente no lo contemplan, en ellas no hay presentaciones. Y por último hay otras muchas en las que no les compensa; y también es comprensible: una librería (mal)vive de las ventas, como cualquier hijo de vecino quiere sacar réditos a su trabajo y tener una presentación en la que no se aseguran ventas suficientes no es negocio y supone parar la actividad normal de la librería.  Y también, dentro de las que las hacen, hay algunas que dan grima, directamente: parece que no se presenta un libro, sino al Santo Advenimiento.

Hay muchas otras sin embargo que sí lo hacen y lo hacen con una generosidad encomiable. Y debo decir que habría que llamarlas Ángeles de la Guarda de los Escritores Desconocidos. Hacerlas una estatua y bendecir su nombre. Porque ayudan, favorecen, se quedan libros, animan y empujan. No voy a dar nombres pero todos los que me leen habitualmente conocen las librerías de Madrid a las que voy; al menos cinco y me quedo corta. En Barcelona hay un número similar. Gente que entiende, que conoce que efectivamente en los niveles que nos movemos no vamos ninguno a salir en los papeles— ojala, claro— y que lo más probable es que nos quedemos en los 60 primeros ejemplares, si tiene la cosa éxito, y luego “el goteo”.

Y además, hay espacios alternativos. Locales, bares-librería,  cafés-librería, etc. Y tampoco hace falta que mencione los diez o doce que también conocemos.

Y en cuanto a ellos, naturalmente por su esencia digamos no estrictamente literaria, hay que decir que se puede presentar un libro de modo muy agradable si nos ocupamos al menos de dos cosas previas al acto, dos cosas tontas pero que a mí personalmente si no se dan me hacen largarme.

La primera es el silencio. Uno no puede presentar un libro si en la mesa de al lado hay una dulcísima pareja llamándose chimichurri entre susurros y magreándose: o sea, metiéndose mano, para ser claros, ni un pollo pera despistado que se levanta a pedir un café mientras se lee un poema del libro, y le cuenta al camarero— en voz alta: “Jo, macho, no quieras saber este capullo la que me ha <liao>”. Cuento las anécdotas tal cual, porque las viví. En medio de la presentación de un poemario, la primera. Presentando un libro de relatos, la segunda. En sitios diferentes. Me callo en dónde.

La segunda “previa” condición” es algo tan tonto como estar a lo que se está. Es decir, si se está presentando un libro y está entrando y saliendo gente del local, y se está sentando, yéndose a mear— sin perdón— mientras se presenta, abriéndose y cerrándose la puerta con el consiguiente ruido de la calle, pasando el camarero por delante de la gente que presenta para servir las copas (con lo cual no se ve y distrae), y así siguiendo, no estaremos en una Presentación: estaremos en un cachondeo organizativo en el que lo que menos importa es el libro y el pobre autor/a que, a poco que sea mínimamente inteligente debería decidir para su coleto no volver a caer en ese espanto. Añadir de pasada otra consideración: sería muy deseable que a la hora de presentar en vez de apagarse casi todas las luces, se encendieran: porque el pobre autor no va a ver un pijo de lo que tiene apuntado por decir y encima las fotos, esas que a todos nos gustan tanto, van a salir que ni con fotoshop tienen arreglo.

Yo me lo he pasado muy bien en presentaciones en sitios alternativos, en algunas de ellas con una atmósfera de intimidad y buen gusto encomiables, en muchas con facilidades y obviando algunas latas de menor calado (por ejemplo que se oyera fatal; se levanta la voz y punto). Ahora, también he sufrido el asistir a cosas que me han llevado a largarme en cuanto se ha dicho lo de “gracias a todos”, sin esperar más. El tema, por tanto no es dónde, sino cómo.

Y a partir del “cómo quiero presentar mi libro”, ver qué posibilidades hay en unos u otros sitios.

Con este artículo cierro la serie si a ustedes les parece. Otra cosa es si quieren plantear más preguntas, o quieren mi opinión sobre temas afines. Ustedes dirán.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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