Vicent Gascó, el problema de la credibilidad narrativa.

 

Acabo de terminar- para ser sincera leyendo bastante rápidamente los últimos capítulos- la novela El círculo XY, de Vicent Gascó, que edita Unaria.

Con una estructura tradicional, prólogo que desencadena la acción, desarrollo y desenlace final con epílogo incluido, la novela es el relato de una venganza por un hecho que sucede en la juventud de los protagonistas.

Este tema podría ser interesante si se narrara de forma que el autor no se constituyera en voz narrativa desde el principio sin dejar la menor posibilidad de que los personajes vivan por sí mismos.

Podría ser entretenida si fuera creíble. Y no me refiero a los hechos que se cuentan, sino a cómo se cuentan. Aquí no hay protagonistas que sientan, vivan, existan: aquí es el autor quien obliga a decir a los personajes lo que él quiere que digan; traicionando las distintas voces, de modo que al final lo que sabemos es cómo escribe Gascó, pero no cómo son sus criaturas.

En segundo lugar para esa credibilidad literaria haría falta que el lenguaje que se usa se correspondiera con los personajes y con lo que les sucede; que en mitad de un alboroto como una tormenta de arena, por ejemplo, donde se han perdido unas chicas,  y al plantearse ir a buscarlas, uno de los personajes diga: “hemos de ir a buscarlas”, demuestra una artificialidad lingüística que a mí me aleja completamente de lo que les pueda o no suceder. O que un personaje que tiene problemas para expresarse en público, lance un “ speech” ( página 65) que dura página y media en una sesión de terapia, tan organizado sintácticamente y de tal “enjundia” verbal como el que hace, una de dos, o demuestra que el autor no ha escuchado nunca a un tartamudo, o simplemente que usa al personaje para contar lo que él- el autor- quiere que cuente, pero sin dejarle hablar por sí mismo.

En tercer lugar, el autor lo sabe todo de su novela. Nos lo cuenta porque lo sabe; no nos lo narra, no deja que las acciones, los hechos se desenvuelvan, que veamos progresar a los personajes, que les veamos evolucionar o derrumbarse: no. Nos los da de una pieza. Nos los describe. Nos informa de cómo son, cómo piensan, y con eso el lector/a se tiene que adecuar a que el personaje “es así” y sanseacabó, que no va a evolucionar porque para eso Gascó se lo ha inventado. Para que haga lo que él quiera. Por eso a Carlos que tiene agorafobia, le larga a vivir en el desierto, que le “cura”: y no pidan explicaciones, que no las hay. Es una decisión autoral.  Cosa que, por cierto, se nos transmite en el epílogo, en el que se nos explica todo lo que ha pasado en la novela, para que nos enteremos bien: por si acaso nos quedaban dudas.

En cuarto lugar, la novela está llena de frases tópicas, de frases manidas, y de recurrir a un lenguaje que se pretende poético y que resulta un completo anacronismo: “se levantó cuando los primeros rayos de sol llenaban de matices irisados las estancias, a través de las vidrieras policromadas de las ventanas” (página 149). Un masajista, que aparece secundariamente en la novela, tiene “el tamaño de un armario” (página 172), por no hablar de ciertas catalogaciones morales que, a mí, cuando menos me dejan perpleja: la amante de un ejecutivo, “ no paraba de reírse y de acercar sus labios al cuello de Ismael sin ningún decoro” ( página 71). Aquí, tengo la sensación de que el autor ha confundido la expresión que quiere decir, y nos coloca un adjetivo que remite a la ética, en vez del que quizá quiso emplear: “recato”.

No conozco de nada a Vicent Gascó.  No tengo nada personal contra él; no he leído nada de él hasta ahora.  Lo digo porque sé que estoy haciendo una crítica muy dura de su novela y siempre hay alguien que sale con la tecla de “lo personal”. No es cuestión personal, es cuestión de credibilidad literaria, y esta novela no la tiene. Y yo creo que la crítica literaria también debe servir para decir estas cosas.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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