Talleres Literarios.

El jardín en el que me meto se llama taller literario. No se asusten porque no voy a ir a ninguno ni a impartir nada en ninguno.

El jardín es mi opinión.

Hay una enorme cantidad de gente a quien le gusta escribir. Igual lleva escribiendo años pero hasta un cierto momento en su vida, por las razones que sean, no siente la necesidad de que otros le digan si aquello merece la pena o si se debe dedicar a criar langostas.

Hay gente con una enorme capacidad de aprender a escribir y sobre todo con un enorme deseo de aprender.

Y les viene muy bien que existan los Talleres Literarios.

En ellos- dicen, porque yo no he ido jamás- no es que “te enseñen a escribir”, pero sí a avivar tus capacidades, a ver mejor que tú sólo cómo mejorar un texto, y a poner en común lo aprendido.

Hay técnicas para escribir mejor, que se ofrecen en los Talleres- dicen, porque yo no he ido jamás a uno-.

Esto me parece correctísimo.

Siempre que no exista la duda que yo sí tengo.

Y la duda que tengo es cuál es la razón por la que deba creerme que quien me enseña a escribir usa mejor método que otro de otro taller que también enseña su mejor método, o que el de la esquina del taller de al lado que dice que el suyo sin duda es el mejor.

Y si no saldré de allí escribiendo “mejor” sólo porque he seguido todas y cada una de las instrucciones del tallerista de turno, con el estilo del tallerista de turno, las lecturas que nos ha indicado el tallerista de turno, los recursos que nos ha dicho que NO usemos el tallerista de turno, y así siguiendo.

Una generación de clones literarios.

Yo creo que hay algunos/as talleristas de buena fe. Que creen honradamente que se puede enseñar a mejorar cómo escribes y que es lo que te cuentan, y que hacen lo posible por no deformar al presunto escritor/a.  Y a la vez creo que hay muchos otros que ni se creen lo que cuentan, ni saben escribir ellos. Y que el dinero, a menudo imposible para mileuristas, es lo que les viene de perlas.

He leído literatura salida de talleres literarios. Bastante. Me ha pasado algo muy curioso: me suena exactamente igual un libro que otro, el estilo se me repite como el ajo, las maneras, la música, la letra.

Salvo contadísimas excepciones –dos o tres- entre estos libros no he encontrado originalidad, voz propia, personalidad escritural.

Y puede que el Taller haya salido ganando, pero la Literatura no. Y el autor/a menos, porque pasado el primer impacto del “qué estupendo tu libro” de los amigos habituales, viene, o el silencio o alguien que se atreve a decir que el libro es más ralo que un campo de Cáceres en agosto y entonces, ¿qué?…

No estoy diciendo que los talleres me parezcan mal si tienen como objetivo ayudar a gente que nunca va a ser Escritor/a a tomar rudimentos literarios. En ese sentido me parece que ayudan a que haya gente que mantenga una afición y cumpla una ilusión de tener un pequeño libro pululando por ahí; ahora bien, si lo que me dicen es que de eso va a nacer Un/a Escritor/a, tengo muchísimas dudas razonables. Entre otras cosas porque yo creo que el/la Escritor/a de verdad no necesita que le cuenten si debe o no distanciarse del texto, por ejemplo: él verá si debe hacerlo o no sin necesidad de la doctrina. Porque escribir es riesgo, no doctrina. Y arriesgarse hay que hacerlo solo.

Jardín servido: pueden ustedes entrar y pisar las flores.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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3 respuestas a Talleres Literarios.

  1. Pienso exactamente lo mismo. Nunca me han llamado la atención los talleres literarios, ni siquiera los manuales de escritura, porque, aun reconociendo que seguro que podría sacar provecho de ellos, las mismas dudas que te planteas me echan para atrás. Un abrazo.

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  2. A lo mejor quienes no hemos pasado por uno pecamos de algo relacionado con la autosuficiciencia. Pero sigo creyendo que el mejor taller literario es la lectura atenta y el trabajo.
    Y lo que planteas, es más un riesgo evidente.
    Pero tampoco está mal, si quien quiere aprender aprovecha lo allí enseñado. Es como las clases de pintura o de música. Muchos se inician, muchos aprenden el manejo adecuado de las herramientas y eso ayuda al disfrute del arte.

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  3. Miguel Mora dijo:

    Yo nunca he tenido vocación de escritor – ni siquiera me considero como tal – pero he escrito dos pequeños libros de relatos. Un día hace cuatro o cinco años me senté y pensé en escribir para que lo leyeran mis amigos a la hora de mi jubilación. Me salió algo que consideré aceptable. A algunos – quizás por el efecto sorpresa – les gustó. Olvidé el asunto y repetí la experiencia un par de años después. El efecto sorpresa había pasado. Los relatos no eran mejores. Los libros – autoeditados – los regalo. Una parte importante de los amigos no me comenta nada: me hago la ilusión de que no lo han leído, aunque prefiero siempre una opinión negativa que un silencio ensordecedor. A los incondicionales les siguen gustando. Pero yo ya no escribo. Creo que lo hacia por terapia más que por cultivar el ego. Muy de tarde en tarde abro una página y me digo “ pues no está mal esto “, otras pienso que soy flojo. Me suele pasar cuando horas o días antes he leído a los escritores de verdad, a los grandes. Para mi son muchos los grandes. Una páginas mías – o casi de cualquiera – pueden leerse anónimamente y pasar por ser de alguien de cierto nivel. Nunca pasa eso con una historia completa, ahí no resisto la comparación. Mis mejores líneas siempre serán peores que cualquier párrafo de Juan Rulfo, de M. Ángel Asturias, de Alejo Carpentier, de Proust… Esa es la gran diferencia : entonces para qué escribir si hay tanto grande al que descubrir, al que repasar.

    Por eso – y aunque casi todo se puede aprender – nunca ningún taller podrá enseñar más que una mínima corrección. Con el importante riesgo de la uniformidad. Claro que – pensándolo bien – la uniformidad es lo que se lleva ahora. Lo que vende.

    En los talleres de música se puede enseñar a tocar un instrumento, a perfeccionarlo. Y a conocer , desde luego, determinados códigos sin los que no es posible la música, ni tan siquiera la más libre, la menos estructurada, la más improvisada. Pero a escribir bien no se puede enseñar porque en la escritura hay menos códigos. Y los que hay suele ser interesante romperlos, alterarlos por lo menos. Desafinar es más soportable en la literatura que en la música. Quizás no sólo más soportable. También más conveniente. Se practica cualquier arte, la música, la pintura, el cine, la literatura, con una bagaje biográfico y cultural ( si la cultura y la biografía no estuviesen tan imbricadas ) detrás. O encima, a veces como una losa. Aunque hay losas que agradecemos cuando vuelan y nos dejan al descubierto, desprotegidos, ¿ más libres?

    No reconduzcamos – con ningún taller – trayectorias erráticas. Es mejor dejarlas discurrir. Y no pensemos tampoco que la cultura, la educación, el aprendizaje son únicamente positivos. También contaminan – de alguna forma – nuestra percepción de los conocimientos. Nos encarrilan por determinadas ortodoxias. Y detrás de todas las ortodoxias hay poderes que nos controlan más que los controlamos nosotros.

    No sé.

    Tanto no lo sé que yo mismo dudo de esta opinión que acabo de expresar.

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