La traducción y los originales. Pequeña reflexión.

Pienso en Ménalo. En el Monte Ménalo, en Virgilio y en Fray Luis de León. Y en las traducciones a Virgilio. Pero no sólo en eso.

Me gustaba, me terminó gustando mucho el latín gracias a una profesora, familia de mi familia que me dio clase algún verano, y a mi profesor de Cou: seco, irónico, pero magnífico. Mucha gente le tenía miedo; yo no conseguí tenerle miedo nunca. Eso sí, le tenía un respeto enorme. Y aprendí muchísimo de él. No sólo a traducir, sino a interpretar, y también cultura latina. Era un cínico muy divertido que, nos llamaba de usted y cuando metíamos la pata decía, “ no se preocupe, dentro de cien años todos calvos”… Eso sí, el cero te lo ponía igual.

Y me ha venido a la memoria porque a Fray Luis yo le tengo una enorme estima literaria y hace algunos años me compré sus obras completas. Y en ellas, naturalmente, aparecen sus églogas. Una recordaba al leerlo sus traducciones de la época, y se sonreía. El asunto es que, al llegar a la octava me topé con el estribillo sobre el monte Ménalo, que siempre me conmovió tanto por lo nostálgico de la referencia, y leyéndolo, disfrutaba no sólo del castellano sino de Virgilio, naturalmente. Pero…

Pero hace un par de años, y encantada por lo anterior, me enteré de la existencia de la obra también completa de Virgilio, esta vez en edición bilingüe pero en editorial Cátedra, traductor  Aurelio Espinosa Polit. La compro, la hojeo, releo, y llego a la famosa “octava”.

Y no. Ni el ritmo, ni el escandir, ni la eufonía son las mismas. Como tengo el original-o lo más aproximado pues aquí también hay sus propias dudas- voy e intento traducir. Y no. Me sigue “sonando” mejor Fray Luis.

Mis circunstancias personales-el libro lo compré en el 2006, un año en el que no leí apenas, y luego sucedió algo muy habitual: dejar el libro por otros más “urgentes” ( a Virgilio siempre se regresa)- me hicieron no ocuparme mucho más del asunto.

Hasta que, hace unos días, por asociación de lecturas que omito, volví a “los dos Virgilios”.

Me dedico a comparar, ahora despacito:

“Pues suena ya, y conmigo el son levanta

çampoña, como en Ménalo se canta”

Estribillo de Fray Luis. Endecasílabos en rima consonante.

Y el de Espinosa Polit:

“Cántame, oh flauta, la canción del Ménalo”.

Endecasílabos sueltos, sin rima con otros versos.  La estructura de todo el poema no guarda simetrías rítmicas salvo en la acentuación tónica interna.

 

Y Virgilio en estado puro con el estribillo original:

 

“ Incipe maenalios mecum, mea tibia, versus”.

 

Es decir, que a Fray Luis lo que le importa destacar semánticamente es el recuerdo que se tiene del Monte Ménalo a través del tañer de la zampoña, y, a Espinosa Polit el hecho de la canción como tal.

En mi caso yo creo que Virgilio lo que destaca con  el vocativo más el ablativo entre comas es la nostalgia del monte Ménalo.

 

No recuerdo del todo mis latines, pero naturalmente aquí el ritmo se fija en silabas tonales o atonales. En el “golpe de voz”, con lo que habría que intentar, se me ocurre, al “pasarlo al castellano, seguir esa rítmica. Se me sigue ocurriendo que es más sencillo obtener aquella a través de las cesuras y de la rima, porque el verso traducido libremente en su estado más “pedestre” lo que dice es: “Empieza junto a mí, flauta mía, versos desde Ménalo”.

En mi, digamos sentido rítmico del poema, prefiero a Fray Luis porque adapta el sentido original de aquel al tradicional castellano de su siglo.

Y volviendo al principio –las traducciones- me encuentro pensando; cuántas veces decimos la frase “he leído a [y aquí un autor extranjero]” y hablamos o escribimos sobre “su lenguaje”…y no. No porque lo que leemos es la recreación de ese lenguaje, lo que el traductor/a eligió para nosotros que quería decir el autor/a del original. ¿Cómo saber entonces cuánto nos llega de cierto?…y ahí es donde quería ir a parar; a la necesidad de realzar y valorar y pagar bien ya de paso la tarea del traductor, y dotarle de medios de estudio y aprendizaje, y estimular en ese campo congresos, charlas, encuentros, que ayuden a desarrollar y ampliar su labor. Para mí todo traductor, que realmente lo es, es un creador. Porque crea para nosotros en nuestro idioma un texto distinto; y crear no es traducir del modo que yo lo he hecho con mi mal latín, sino poner la magia del original con la magia de nuestras palabras. Entregarnos así un texto nuevo. Un texto en el que olvidemos que está escrito en otro idioma, un texto en el que realmente captemos el perfume, el tono, la cadencia si es poesía, o la prosa en sus matices propios, hasta poder decir “he leído a Virgilio” o a Shakespeare, o a Thomas Mann, y olvidar que “eso” lo ha hecho un traductor.

 Pero igual hay opiniones que quieran ustedes contar…

Eso sí, no me maten por mi pobre “traducción” si es que llega a ser eso. Y corríjanme cuanto deseen y haga falta…

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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2 respuestas a La traducción y los originales. Pequeña reflexión.

  1. La traducción de un texto literario me parece una de las cuestiones más importantes en literatura. Contigo opino que una buena traducción es una recreación de la obra, no un mero volcado o traslado literal. El lenguaje no sólo es el léxico, ni siquiera es léxico más sintaxis. Hay más mucho más: transmitir en otro idioma todo lo que quiso decir el autor en la lengua en que lo escribió inicialmente, y eso abarca otras cuestiones más inasibles y hondas que la propia ‘materialidad’ del idioma.

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  2. Totalmente de acuerdo en que debería darse más valor a los buenos traductores que saben elegir con certeza las palabras y expresiones adecuadas que dan el sentido más próximo al texto original sin traicionar un ápice lo ideado por el autor.

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