Cierra el Café Comercial.

Una amiga, al enterarse hoy del cierre del Café Comercial en Madrid, me pone un mensaje en redes: “cierra todo lo que amo”.

No nos va quedando nada en Madrid. Digo de los viejos cafés, las viejas librerías, las viejas tiendas de artesanía, las viejas farmacias con rebotica, las mercerías. Todo eso.

Nos inundan las cadenas de todo a cien. Nos anonadan las tiendas de chinos. Nos agobian los comercios enormes, de grandes espacios, con salas amplísimas en las que te pierdes y quien atiende bastante tiene con conservar su trabajo.

cafe-comercialEl Café Comercial era de todos. Era nuestro. Y era de Los Nuestros. De la gente rara, de las tertulias lentas, el café despacioso, el poema a media voz, la filosofía sin gritos. Y de la gente de paso, que quedaba en “El Comercial” porque lo conocía todo el mundo, de las señoras que iban de tiendas, de los universitarios que salían de una charla en otro sitio y paraban a tomar café, de la gente del barrio que conocía hasta los azulejos.

Y ya no.

Vendrán los de siempre, con el dinero de siempre. No importa nada la nostalgia. No importa nada descabezar Madrid, no importan nada los rincones amables, de luz amable, no importan las farolitas que lo alumbraban al anochecer. No importan las tertulias, las presentaciones de libros, los sueños de los escritores/as que empezaban y eran-éramos escuchados.  No importa nada más que el dinero. Lo que se vaya a construir, el mastodonte que vayan a hacer: uniforme, seco, artificial, maravillosamente escogido para destrozar el entorno.

Cierra, nos cierran todo lo que amamos. Nos dejan solos. Frente a una ciudad que cada vez es menos ciudadana y más fauce.

Los fantasmas del pasado quedaremos en la puerta aunque sea para llorar sobre nuestras tumbas.

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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Una respuesta a Cierra el Café Comercial.

  1. Miguel Mora dijo:

    El comentario es excelente y no queda mucho por añadir. Sólo insistir en esa sensación de que nuestro mundo se acaba, nos expulsan de él : de nuestras librerías, de nuestros cines, de nuestros cafés… Cuando, además, tienes una cierta edad y estás rodeado de algunos jóvenes ( algunos, insisto ) sientes que tu opinión no les interesa. Ha sido muy rápida esta revolución tecnológica ( mucho más que la ya viejísima revolución industrial ) y la propia rapidez no da lugar para sedimentación alguna. Podrán una tienda de Mango en el viejo “ Comercial “ o una hamburguesería. Y las tertulias seguirán siendo sustituidas por emoticonos simpáticos en el whatsapp. Y las citas en los cafés por otras en los centros comerciales para que te entretengas viendo correr a niños que no saben lo que es un parque, para que evites que te caigan encima decenas de libros de K. Follet – que forman una montaña gigantesca – o de M. Dueñas, o te compres una camiseta con un letrero – en inglés por supuesto – que denota que eres moderno y que ya pasas por el aro sin darte cuenta. Porque, por si fuera poco, esta revolución de la técnica ( tan importante, sí, para muchas otras cosas ) les ha dado todas las facilidades para “ lavarnos el cerebro “ ( cepillarnos las neuronas, más bien ) con los 500 canales de televisión, las 5000 películas de violencia sin sentido, las risas zafias, la publicidad infantiloide que rebaja nuestra inteligencia. Pero ya me estoy yendo por las ramas. Madrid ya casi ha sido despojado de todo pero es un fenómeno general. Yo todavía voy de vez en cuando a París porque – aunque también ha desaparecido mucho – aún quedan ( quizás sostenidos por el turismo ) Les Deux Magots, el Flore y el Procope. Así alimento mis mitos. Espero que en Madrid, París o cualquier parte siempre nos dejen los cementerios, buenos lugares para pensar, pasear, charlar… Los privatizarán y dejarán de ser gratis, eso si.

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