Ángeles Sánchez Portero. “Enero” o la decisión del lector.

Decía esta mañana a la autora del  libro que voy a comentar que la gente que nos aprecia muchas veces habla bien de nuestras novelas sin haberlas leído o al menos leyéndolas muy deprisa.

Y lo agradecemos, claro. Siempre que se difunde un libro de nosotros, los mediopensionistas, lo agradecemos, porque es raro que vayamos a salir en primera plana de los medios oficiales. Pero como a todos, nos encantaría que nuestros libros se leyeran hasta el final y se leyeran sin prisa. Porque en algunas ocasiones cuando leemos ciertas reseñas o ciertos elogios- que igual, fíjate tú, contribuyen a que se compre nuestro libro y es una paradoja- lo que íntimamente pensamos es “ay, pobre, qué buena gente pero no se ha enterado de nada”.  Hay entonces que poner nuestra mejor sonrisa, esperando como decía no recuerdo quién que haya al menos un lector que nos interprete, que nos lea despacio, que vaya al fondo de las cosas. El libro  de Ángeles Sánchez Portero, que publica Talentura Libros, Enero, es una excelente, original y distinta novela.

De entrada el frío.

Enero es frío. Dice quien narra. Es soledad. Es bruma.

Para continuar, ha muerto alguien, una “ella”, en un accidente.

Y parece que se nos va a contar un duelo por la muerte de ella, que luego sabremos que se llama Almudena.

Enero y la soledad de la casa abandonada, los objetos, los pensamientos erráticos.

Día a día se nos cuenta un enero incierto. Un enero que se confunde con lo que se vivió, lo que se pudo haber vivido, los recuerdos de “ella”.

Bien. Es cierto, hay casi una etimología del dolor y la ausencia en esta novela, llena de símbolos siniestros.

Y si sólo fuera esto habría que decir que en un lenguaje lleno de metáforas, de significados polisémicos se ha escrito una gran novela psicológica.

Pero la novela es mucho más que esto.

El protagonista de la novela, siempre invocado o nombrado con la segunda persona del singular, con un “tú”, derrapa literalmente en las fronteras de la realidad y la irrealidad, las cosas se le hacen traslucidas, las gentes parecen difuminarse, persigue a una Almudena fantasmal y fantasmagórica a un lugar inexistente…

Entre el sueño y lo real Ernesto va silueteando una narratividad inquietante. Matizada por tres instantes claves que indican que hay que leer despacio: “Te vendría bien salir” le dice Fernando. Y  el narrador añade a ese Tú, Ernesto: “pero tú no has vuelto a entrar”. El segundo la confusión del domicilio en la biblioteca.

Y el tercero, naturalmente, llegar a un solar en ruinas donde debería existir una casa.

Hay en esta novela una progresión en símbolos, en señales, en indicios que hay que ir descubriendo para llegar a ese final abierto,- y narrativamente hablando magnífico, añado- a esos tres posibles finales en realidad que se le ofrecen al lector en abanico para que elija. Sin decirle que debe elegir. Pero ahí están: tres posibles explicaciones a un enero de luto. Sí; pero ¿de quién?, y ¿desde cuándo?…

Hablar después de esto de un lenguaje medido y a la vez lírico, ajustado y a la vez sugiriendo, explicar que existen frases que brillan por sí mismas: como –valga la cita no exacta “atrapadas en un enero frío, para siempre”, es explicar también la capacidad de ir más allá del significado literal que tiene la autora.

Enero  es una novela breve, condensada, en la que no sobra ni falta, medida, estructurada en capítulos muy breves que van marcando el desenlace, y que hay que leer sin prisa, porque además es una metáfora sobre la ausencia y la muerte; la de los otros y también la nuestra.

Y ambas muertes dan frío.

Excelente novela por tanto. En la línea de una nueva narrativa, que no necesita llegar al detallismo sino que mediante alusiones, desplazamientos del foco de interés y marcas de significado arriesga en sus propuestas y ofrece como aquí un texto que merece ser disfrutado.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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