Daniel Monedero y nuestros jardines.

Daniel Monedero no es un advenedizo ni en literatura ni como guionista, según aparece en la solapa del libro que acaba de publicar en la editorial Relee. Manual de jardinería (para gente sin jardín), pero este es “su primer libro de cuentos para un público adulto”, según también se nos informa.

Quería yo decir primero que yo no conocía esas facetas del autor; no he visto las series en las que aparece como guionista, no he leído otros libros suyos. Quizá soy rara, soy de poca tele, de mucho cine sí, pero no veo series, no me entero de quién hace los guiones, y muy a menudo confundo programas con una facilidad pasmosa; no sé si una serie es de Antena 3 o de Cuatro, ni tengo idea de los actores.

Eso quiere decir que cuando leí la solapa, lo primero que pensé fue “anda coño, si este es un <figura>”, o sea, alguien conocido.  Y me asusté. Porque una, o sea, yo, suele huir de ese estilo de libros de gente más o menos conocida, o que “suena” en ciertos ámbitos.

Bueno, pues no.

Digo que lo que pasó es que me he encontrado con un magnífico libro de cuentos. Original, sorprendente, con estilo y voz propia, de un lirismo que sobrecoge- al menos a mí- y usando la ironía, el disparate, la broma, el juego dentro del juego con una tersura, calidad y donaire- perdón por la palabra- que ya la quisieran para sí muchos egos desatados.

Monedero nos presenta un mundo en cada cuento en el que el elemento más importante es la ausencia, y el deseo de ser otro. En el que los “jardines” siguen esperando que los habiten los desesperanzados, tiernísimos y temblorosos personajes que sufren,  sueñan con ser otros, buscan lo que perdieron en su juventud u odian sus vidas grises.

Daniel Monedero hace creíble el sueño de un loco como don Quijote en el cuento que lleva el título del libro, una bellísima historia de literatura y desesperanza,  se mete en la piel de un personaje literario en un homenaje sobrecogedor a Mark Twain en el relato Llamadme Mississippi para contarnos una historia de amistad más allá de la literatura, nos relata el fin del amor a través de fotografías en las que desaparece el protagonista en Non Finito, nos cuenta una juventud perdida y añorada y el fin de los sueños en Ultimo Verano en Seattle

Y luego está el lenguaje. El lenguaje que en este caso marca un estilo. El lenguaje de asociaciones, el lenguaje que cambia el sentido de una frase para hacerla diferente a través del esperpento casi valleinclanesco, el lenguaje capaz de arriesgar hasta dejar la frase cortada porque así es como el personaje piensa y monologa, el lenguaje que cambia de registro y, de repetir frases porque así lo pide el cuento, pasa al lirismo más estremecedor para narrar la nostalgia.

No tenemos jardín; es verdad, pero tenemos un manual para ir poblando, arando y roturando todas las capas de las ausencias, para así saber “lo parecidos que son los hombres a la nieve que cae”.

 

Léanlo y disfruten.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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Una respuesta a Daniel Monedero y nuestros jardines.

  1. Ya está en cola de lectura. Gracias por la recomendación.

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