“Los años felices ” de Piglia”.

En la página 178 dejo de leer los años felices de Piglia. Gustándome mucho más que el primer tomo, que me aburrió bastante, y a final con la sensación de que es más el bombo que se le ha dado que lo que en realidad era como escritor.

No es que esté mal esta parte de su diario, lo que ocurre es que volvemos a las reiteraciones, a los temas tratados monótonamente, a la repetición excesiva. Me pregunto siempre con este estilo de diarios ¿ es necesario publicar completo lo que el escritor –o la escritora- transcribieron en su día?…

Es decir, ¿añade algo tal repetición al conocimiento del escritor salvo para sacar la conclusión de que era bastante cansino con ciertos temas?…

No he leído ni los ensayos ni las novelas de Piglia.  Pero tengo la sensación de que estos diarios han tenido un excesivo protagonismo en reseñas y barullo sólo porque Piglia primero enfermó y luego murió a la par que iban saliendo. Y los muertos visten mucho.

A veces es brillante, sí, a veces hace pensar , sí, a veces le sigues el razonamiento, pero…me hace falta más para interesarme por completo, no sólo “ a veces”.

Mi aventura con Piglia  termina aquí. Me pasa con él lo que me pasó en el primer tomo, que tengo la sensación de que han sacado estos tochos para sus seguidores, y admito que en este volumen sí me parece una escritura sincera; en el primero habría que calificarla del postureo de un adolescente.

Bueno. Yo no lo soy,  seguidora, digo, leído lo leído.

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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Una respuesta a “Los años felices ” de Piglia”.

  1. A veces es lo que creo: los diarios de los escritores tendrían que ser publicados en vida del autor, para que éste metiera tijera (a veces la de podar pinares enteros). La cotidianidad (base misma de un diario, por muy literario que pretenda ser) es lo que suele tener: reiteración casi mecánica. Y mejor que así sea, pues casi siempre, las novedades de la vida coinciden en demasía con percances de uno o de sus seres queridos. Quiero decir que un diario, al final, acaba por repetirse, sí o sí. Pero los ‘herederos’ o editores de un escritor ya fallecidos (supongo que por una mezcla de ‘respeto’ a su memoria e ‘intereses’ más o menos confesables) no se atreven a recortar ni una coma. La conclusión es esa: decenas o centenares de páginas que son repeticiones poco o nada necesarias.

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