Natalia Ginzburg, a modo de confesión. ” Y eso fue lo que pasó”.

Acabo de terminar Y eso fue lo que pasó, de Natalia Ginzburg.
De la autora había leído las pequeñas virtudes que me encantó, y tengo comprados y en la cola Todos nuestros ayeres, sin leer , y Las tareas de Casa leído a falta de cien páginas.
Eso quiere decir que, de entrada la escritora me interesa y mucho. Y este pequeño libro, apenas una novela corta me ha confirmado mi gusto por su literatura. Digo que me lo ha confirmado porque hasta ahora lo que voy leyendo de ella me ofrece la misma calidad, tersura narrativa, sobriedad y también amenidad al contar.

Este libro sin embargo me ha llamado la atención por algo curioso; a ver si me sé explicar. El argumento es muy simple y se establece en las primeras líneas: una mujer mata a su marido y lo narra. Y lo que narra es una atmósfera que a mí me ha recordado el grisor, la niebla y el silencio de la novela Nada de Carmen Laforet. No, no tienen nada que ver las dos novelas, conste. Pero sí esa opresión de las mujeres, esa certeza de habitar un lugar equivocado, de aspirar a otra cosa, de querer que su vida sea otra. La mujer de la novela de Ginzburg es una persona sencilla, deseosa de amor, soñadora, fantasiosa, que se casa con un “ideal” que no tiene nada que ver con la realidad. Y lentamente se va dando cuenta de que nada es como sueña, que su marido la engaña, que su mundo es gris, opaco. Y sin embargo tiene un lugar para la lucidez, para la frialdad; justo cuando parecería haberse “acostumbrado” a su vida sin luz, lo mata. Y las palabras del final del libro, que son una reflexión absolutamente fría sobre su futuro, recuerdan a las de Andrea, al salir de la calle Aribau.
Seduce en esta novela la “confesión” en forma de carta- nunca sabremos a quién- de qué fue “lo que pasó”, seduce el tono, la humildad por así llamarla de la protagonista y a la vez su reconocimiento, su no engañarse ni engañar. Dice en el prólogo la autora que escribió el libro en una etapa absolutamente infeliz de su vida, pero no para salvarse de ella sino para ser capaz de reconocerla en su lucidez. Y esa infelicidad lúcida la traslada a su protagonista. La escritura puede que no salve del dolor pero es capaz de hacernos reconocerlo y vivir con él.
Magnífico libro.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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