“La Forja” de Arturo Barea. Enmendando una falta.

Muchos de los amigos/as que se acerquen a este blog probablemente habrán leído y sabrán de sobra quién era Arturo Barea. Confieso que yo hasta hace un mes solo conocía el nombre, que era escritor, que había sido periodista exiliado después de la guerra civil y que había escrito tres tomos titulados La Forja de un rebelde.

No le había leído y además siempre que salía por ahí su nombre sentía una sensación de “me va a contar más de lo mismo”. Mantenía una extraña distancia, pensando que ya he leído demasiados libros sobre “el conflicto español”. Esas manías que tiene una de vez en cuando, subjetivas y sin una razón aparente.
Hace un par de meses salió una edición nueva en la editorial DeBolsillo. Una edición bonita visualmente; manejable además: me recordaba mucho a las de Alianza Editorial que manejaba en mis tiempos de estudiante. Y entonces se produjo un “clik” y decidí que ahora sí era la hora de Barea.
He leído el primer tomo. La Forja.
La forja cuenta la niñez de Barea, hijo de una lavandera viuda en el Madrid de principio del siglo XX. Cuenta la historia de una supervivencia desde la pobreza y el cómo el protagonista va tomando conciencia de quién es a través de los sucesos de la novela.
Barea no tiene conciencia de ser un desclasado hasta que crece en un ambiente que así se lo hace ver; hasta que empieza a comprobar diferencias sociales, hasta que toma sentido la “no pertenencia” a un grupo. Barea –con la inocencia del niño- lo que quiere es que su madre “deje de lavar ropa para otros en el lavadero y de vivir en una guardilla”.
Este es el libro en resumen, pero es mucho más. Porque Barea lo que nos narra con un estilo directo, visceralmente sincero y desprejuiciado de normas es cómo se intenta sobrevivir en un mundo hostil.
Impagables son sus descripciones de Lavapies, de barrios extraradiales del Madrid de entonces en un lenguaje casi Zolanesco y que a veces recuerda a Solana, y muchas, muchísimas al mejor Galdós. Al Galdós de Misericordia, por ejemplo. El desarrollo de la visión de la realidad que tiene frente a él, a través de los tipos familiares, los amigos, los diferentes estratos sociales, las conversaciones con ellos, sus propias reflexiones, conforman un espectáculo abigarrado y gris. Muy gris. Porque la vida intensamente vivida, eso sí, por el niño y adolescentes Barea, fue así. Oscura, plena de miseria, de pobreza material, de pobreza espiritual e hipocresía moral en mucha de la gente que le rodeó. Y Barea sencillamente, con un lenguaje en corto y descarnado lo explica.
Y sin embargo…
Y sin embargo en todo el libro destaca también la ternura. La ternura que no es sensiblería, la que no necesita de frases: en la figura magnífica que llena todo el libro, de la Madre. Me ha recordado a veces el libro de Gorki así titulado. Esa Madre que, siendo individual, en realidad lo que diríamos “una pobre mujer”, crece y se convierte en símbolo de la raza de mujeres que en España sufrieron en silencio la humillación, la miseria, la pobreza y supieron dar un ejemplo de dignidad moral. La frase con la que se cierra el libro, ya por sí sola, merecería recordarse para siempre. Llega Barea airado del banco donde es un simple meritorio, airado porque ha sufrido la última de las injusticias que a partir de ahí darán conciencia a su sentido de ser quien es, llega Barea a decirle a la Madre que se ha despedido del banco, y la madre, le acaricia el pelo y le responde : ¿ves cómo sigues siendo un niño?”.

Me había resistido a leer a Barea…
Ahora les digo: léanlo ya.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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