Comunicar, Fausto, El Romanticismo y yo.

Ayer, de mañana, anduve trasteando en lecturas y como siempre asociando. Veréis, estaba leyendo a Forster, sus conferencias de la BBC, o sea, sus charlas de radio, sobre libros y cultura, en las que durante décadas recomendaba autores; sobre todo sus oyentes eran ciudadanos de las colonias  británicas en la India. Es curioso leerle porque son textos “radiados”. Y por eso son textos que “tienen música distinta”, es decir, que, siendo pura literatura son a la vez distintos a una cosa elaborada para ser leída como libro. Imaginaba escuchar, o más bien al leerle se me representaba una “voz”.  Y me gustaba por dos motivos: por cómo aúna sencillez con cultura y por su naturalidad. Por su forma de captar al oyente.

Pensaba  cuánto se aprende de quien sabe hacer las cosas. Bueno, aprende quien quiere hacerlo, añadía luego. Me explico: pensaba en nuestro hoy y nuestras formas de comunicarnos por vídeo o por podcast, en Internet. Pensaba en cómo parece que es más importante la polémica que “contar algo” de manera que quien escucha o nos ve, o incluso nos lee simplemente, se sienta motivado a interesarse: no por nosotros, sino por lo que estamos contando. Es decir: Forster no quiere –al menos no es  esa su primaria intención- que se interesen por “él”, sino por lo que cuenta; por los autores, obras o temas que trata. Por dar una información que “pueda servir” a alguien para “conocer más”. Y pensaba yo lo difícil que es hoy encontrar algo así. Es como si nos importase más que nos “conocieran a nosotros” que lo que estamos contando. Y eso es lo que me daba lástima. Porque quien cuenta algo sobre otros, es un mero intermediario para que se conozca a esos otros, no al que lo cuenta. Por eso, pensaba yo, banalizamos tanto lo que contamos: el caso es montar lío, es…a ver cómo lo digo…es una falta de respeto hacia quien recibe ese video, ese podcast o esa lectura.

Pues después de eso, decía, me fui a comer fuera. Y a la vuelta me  puse con Fausto, que ya está el pobre en las garras de Mefistófeles. Y entonces, claro, he empezado a quedarme con la copla del romanticismo alemán- tengo en cola varios libros por leer sobre el tema- y acerca de la idea del Bien. ¡Huy!…eso del “Bien” y eso del “Mal”…me resulta curioso pensar que hubo épocas de la historia en las que este tema era importante. Me explicaré: me resulta curioso porque creo que hoy no es un tema que importe-a nivel general-. Pensaba yo en una sociedad como la nuestra qué poco valor daríamos a que nos propusieran beneficio absoluto a cambio de “nuestra alma”; empezando porque diríamos al pobre diablo que eso del alma es una chorrada y que ya estaba tardando en darnos en esos beneficios y que cuando la espichemos santo y bueno. Me preguntaba – me pregunto- si no lo hacemos ya y no estoy pensando literalmente en un “más allá”, claro que no, pero ¿no aceptamos beneficios a cambio de chanchullos, de mirar a otro lado, de ponernos “de perfil”?…no sé si me explico. Hoy Mefistófeles no nos hace falta…

Y sin embargo, en el  tiempo en el que Goethe escribió,  la diferencia entre El Bien y El Mal estaba muy clara. Me preguntaba y me pregunto si no hemos perdido ética por el camino a cambio de ese presunto beneficio.

Hoy es uno de noviembre.  Y es el Día de todos los Santos.  Y el 2 es el día de Difuntos. Cosa que ya sabemos, pero lo que quería decir es que yo todavía me acuerdo de dos cosas de estos días: ver la obra Don Juan, por la tele y que mi madre iba a la Almudena a llevar flores. Para algunos/as una tradición estúpida, para mí entrañable. El respeto y el cariño con que mi madre llenaba de flores el lugar donde reposa parte de mi familia me ha quedado siempre. Aunque yo no vaya. Y Don Juan, si les soy sincera, me encanta. Vale, era un machista. Pero a mí me encanta la obra. Y ni les digo Doña Inés. Ay. “¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla, más pura la luna brilla y se respira mejor?”…

Romántica que es una. Como Goethe, como Zorrilla, como Fausto…

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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