Puñetazos literarios no, gracias.

En mayo, antes de la Feria del Libro, pero sin una fecha exacta aún, publicaré mi sexto libro. Abre la Puerta. El séptimo en realidad porque acaba de salir la edición especial Décimo Aniversario de Talentura, de Estampaciones. Lo publicaré con Talentura Libros también.

Llevo leyendo y escribiendo desde que tenía tres años de edad. Escribía en una máquina de escribir pesada y enorme, porque me costó años-casi cinco más- aprender a escribir a mano por culpa de la dislexia.

Inventaba historias. Porque sí. Porque estaba siempre en la cama y escribir me divertía.  Me inventaba cosas o ponía en papel palabras que escuchaba, a mi manera. O definía la música diciendo que era “el rumor del mar cuando vuelven las olas”.  O escribía un poema que decía “ cuando los hombres se matan/ cuando la guerra acecha/ cuando no se puede recoger la cosecha/ entonces el dolor aflige el rostro”, basado en las cosas que escuchaba en casa sobre la guerra civil. Eran solo eso: palabras que oía, que inventaba, que me gustaba jugar con ellas.

Las palabras para mí siempre han sido una forma de contar el alrededor. Aunque este no me pertenezca.

De pequeña siempre estaba enferma. Era un ser tremendamente vulnerable y frágil físicamente. Cualquier cosa me hacía constiparme, tener un ataque de asma, tener acetona, me pasé la infancia en hospitales y entre médicos. Y las palabras, las que escribía y las que fui leyendo en los Libros que me regalaban, servían también de alívio, de cura, de alejarme del miedo, de enseñarme a ser valiente, de ayudarme a tener coraje.

Siempre he buscado en los libros. Desde entonces buscar en los libros tanto lo duro como lo amable, lo tierno como lo cruel, me ha ayudado como ser humano.

Y cuando los he escrito he sabido desde el inicio que era una forma de devolver a los demás todo el amor que esos libros me entregaron. Como recoger el testigo y sembrar de palabras para otros algo que reflejara la parte del mundo que me pertenece.

 

He leído miles de libros y no es una pedantería, es un dato. Tengo 58 años. Suelo leer cien libros al año. Por épocas aún más. Si empecé a los tres, salen unos cinco mil quinientos.

 

Dirán mis lectores/as que a qué viene este escrito largo sobre mi formación lectora y escritora.

Viene a que desde de tanta lectura y de siete libros míos danzando por  ahí, habiendo leído desde Zola a Enid Blyton, desde Shakespeare a Elena Fortún, desde Delibes a Dickens, desde Gorki a Margaret Atwood, desde Cortázar a la Gaite, desde Virginia Woolf a Lorca, o Cernuda, o Rubén Darío, o Borita Casas, o Clarín o la Pardo Bazán, o Bretón o Juana de Ibarborou,  o Hesse o Pla, o Rosalía de Castro o Colette, y no sigo…

Me da vergüenza ajena  cuando leo que debo leer un libro porque me dará “un puñetazo en el estómago”.

Un libro que se escribe para asestar un puñetazo en el estómago, por mucha metáfora que le echen los  editores/as es un libro nocivo.

Los libro si se destinan a agredir mejor que no se publiquen.

Y vamos a entendernos de verdad: un libro puede querer denunciar algo, dar cuenta de una realidad vergonzosa para hacernos partícipes de ella, puede querer hacernos ver mundos que no habíamos visto, sacar a la luz situaciones dramáticas, conmovernos e incluso impulsarnos  a actuar ante la miseria, la violencia, el dolor, la  muerte.

Pero si lo que pretende es conseguir eso a costa de agredirme a mí, es decir, si el libro está escrito no para que yo comparta el dolor o la denuncia o la ira sino para con él ejercer violencia hacia mí aunque sea literariamente, NO ME INTERESA.

Porque los mejores libros de denuncia, de dolor, de ira, no se escribieron para herir a quien los leía sino para hacerle  cómplice. La Madre, de Gorki. Los Miserables, de Víctor Hugo, Humillados y Ofendidos de Dostoievski, y podría seguir.

 

Estoy mayor y soy antigua. Leo mucha literatura de escritores/as que no han cumplido cuarenta años, buena literatura en muchas ocasiones. En algún caso excelente. Lo curioso es que cada vez que se produce esa buena literatura, esa excelencia, quien la ha escrito no me ha pegado ningún puñetazo, no ha querido pegarme ningún puñetazo en el estómago: ha escrito un libro porque quería compartir su forma de mirar con sus lectores/as, porque quería hacerme cómplice de su mirada: no porque  quisiera  golpearme con ella. Hay escritores que escriben escupiendo. Después hay Escritores que Escriben.

De los primeros no tengo la menor intención de leer nada, no sea que me causen úlcera.

Después de  más de cinco mil libros leídos, ni tengo intención de que me peguen ni con mis libros tengo intención de pegar.

Solo de compartir mundos que igual nos permiten acercarnos unos a otros por muy distantes que parezcamos.

 

 

 

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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