Humanizar el arte, en literatura.

 

De la deshumanización del arte ya escribió Ortega y Gasset hace un siglo. Es decir que la cosa viene de lejos. No es nueva. No es original la idea, no aporta nada que no aportara entonces.

Ortega se refería al arte que veía en el puro objeto artístico la centralización del discurso-resumiendo mucho- y no en los factores de autoría, subjetividad, situación del artista en el momento de la creación.

Esta forma de hace duró casi décadas, llegando a su extremo con la nueva novela francesa de Butor, por ejemplo y sus ideas sobre el texto como artefacto externo al artista, en literatura.  También en España tuvo seguidoras como Rosa Chacel en La  Sinrazón, novela extraña, de difícil lectura, y que paradójicamente a Chacel le dolió tremendamente que no fuera comprendida cuando este tipo de creaciones no se hacían para “ser entendidas”.

A esta idea se opusieron casi ferozmente gentes como Woolf que dedicó su vida a psicologizar sus novelas. Por nombrar a alguien significativo.

 

El asunto es que, después de tantos ires y venires ahora volvemos a las teorías y a sus adeptos. Sin pensar que son más antiguas que las enaguas.

Deshumanizamos la escritura y le pedimos al lector…¿le “pedimos al lector?”…estamos apañados. Si lo que promovemos y defendemos es que los textos deben ser un artefacto estilístico, al lector no le podemos pedir que nos siga. Porque nos debería importar poco menos que nada ya que no pretendemos su complicidad lectora. Pretendemos hacer un arte deshumanizado en el que el lector solo se fije en el texto.

El asunto es que, lamentable o afortunadamente el lector/a es humano. Profundamente humano. Y cuando lee a no ser que sea un “profesional” de la lectura lo que pretende es estar unos días con una obra que le conmueva, incite, provoque, estimule o entretenga. Que le hable de mundos en los que permanecer y estar en ellos lo suficiente como para cerrar el libro satisfecho.

Si el texto es cuestión de estilo simplemente, ¿para qué ocuparse de si tiene o no lectores?…

Ah, pero yo es que quiero que me lean.

Bien. Y yo, y muchos otros. El asunto es que por un afán de objetivismo formalista hemos llegado a Butor, y a Ortega. Y vuelta a empezar.

Creo que a Butor hoy le conoce poca gente.

Al margen de ironías: ¿realmente apostamos por una literatura que sea una cuestión de estilo, una cuestión de testificación lingüística sin el menor atisbo de que ahí hay algo que palpita, vive y que nos llama para pertenecernos mediante la lectura?…

Me pregunto, si  es así, y me lo pregunto con cierta perplejidad.  Es decir, que hay que deshumanizar el arte, los libros, olvidarnos del factor humano, ser meros notarios de hechos y exponerlos. Y me pregunto, si es para satisfacción personal de “saberlo hacer así”, por qué entonces nos duele no encontrar lectores/as para esos textos.

¿No será que el lector lo que quiere es poder ser cómplice de lo que lee?…

¿No será, me pregunto también, que lo que existe es miedo a ser demasiado humanos en nuestra escritura, demasiado desnudos, demasiado vulnerables al escribir sobre temas que realmente nos importan, y preferimos un estilo y un texto descarnado, en el que poder no reflejarnos, no identificarnos, no ser nosotros?…

Como una forma de otredad que omita nuestra cobardía.

No lo sé. Yo, en todo caso prefiero humanizar el arte. Prefiero el arte y la literatura que me compele a hacerle caso, a conmoverme, a indignarme, a sentirme partícipe. Para ejercicios de estilo, para productos lingüísticos, puedo leerme el tratado de Saussure y hasta ahí llego.

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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