Los tristes Existencialistas. “El primer hombre” de Albert Camús. Libros Inacabados.

 

Entre los años cincuenta y sesenta aproximadamente del siglo pasado, una serie de autores/s pusieron de modo algo que se vino a llamar Existencialismo. Omito contar qué defendía, por sabido y porque en google se van a encontrar información de sobra. El caso es que, a cuenta del fin de la segunda guerra mundial, muchos escritores/as empezaron con la cosa de qué era el Hombre, así en genérico, a qué veníamos a este perro mundo, qué sentido tenía la existencia. Y en esas andaba Sastre, Simone de Beauvoir, Butor, Merleau de Ponty, en parte –aunque fue muy poco leída porque iba a su aire y no participaba de toda aquella pose intelectualoide, amén de tener novelas con personajes reconocibles- Rosa Chacel, y también María Zambrano, esta desde un punto de vista muy lindante con el humanismo cristiano algo místico a veces: todo hay que decirlo.

La cosa es que nos llenaron de novelas de lo que se llamó “tesis”: o sea, que escribían una novela para demostrar a priori un razonamiento previo. Con lo cual el problema se tornaba grave porque en muchas de esas novelas lo que se hacía era filosofar y llenar al pobre lector de ideas abstractas y tremendas sobre el Ser, la Nada, el Ser que siente, el sintiente ser que sintiendo no sabe que siente y así siguiendo.

Servidora de nadie, o sea yo, leyó a sus veintipocos años lo que una “progre” de entonces debía leer si no quería que la matasen en alguna charla universitaria. Y se aburrió. Reconozco que Sartre solo me gustó en “las manos sucias”, Camús en algunos de sus artículos cortos, y que “el segundo sexo” me pareció un santísimo coñazo con el que yo no me identificaba para nada. Era yo rara o ellos una panda de plastas, no lo sé. Luego leí La Peste, de Camús, que no me disgustó del todo, y “el extranjero”, del mismo, del que recuerdo vagamente cierta sensación de solidaridad hacia el prota; pero vaya que no dejaron en mí mayor calado.

Una no estaba entonces para preguntarse si el ser sintiente sentía sintiendo y cosas así, sino para ver si llegábamos a fin de mes en casa. Y además a una todos estos existencialistas le parecían unos tristes; para qué mentir. Supongo, no sé, que porque ellos escribieron en una época determinada y mis años ochenta no tenían pajolera cosa que ver con los suyos.

Y hoy viene esto a cuenta de que intenta leer una con la mejor voluntad posible “el primer hombre” de Camús. Un borrador, para ser claritos, de lo último que escribió antes de matarse el pobre en un accidente.

Y se encuentra otra vez y a pesar de su buenísima voluntad con otra novela tristísima, de seres tristísimos y ya desde el inicio encaminados cómo no a un final tristísimo. Que hay que resignarse, va y dice Camús: que para ser feliz hay que resignarse.

La leo en oblicuo; o sea saltándome toda la descripción que ya de antemano preveo de ambientes horrendos, ruinas, dolores y quebrantos varios, y leo el final pensando “y ahora va y se muere”, pero no, antes de morirse nos anuncia que hay que resignarse a todo. O sea: no se meta usted en líos porque lo quiera o no, su vida va a ser tristísima.

Óigame, pues no me ha dado usted la tarde del domingo porque a mis casi 59 años ya lo de las tesis a priori soy capaz de decir que me parecen un coñazo y también de decir que me he saltado la mitad del libro yéndome a las últimas quince líneas para enterarme de su conclusión.

Una no termina de entender que si una obra estaba en borrador las editoriales vayan y la saquen diciendo que es “la obra que faltaba de Camús”…¿Qué faltaba, para qué; para saber que era un triste?…

De eso ya nos habíamos dado cuenta hace treinta años. Solo que hoy somos capaces de decir sin el menor remordimiento que, además eran un coñazo.

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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