Sonia Aldama, «la piel melaza». Depurar el silencio.

En La piel melaza, poemario excelente de Sonia Aldama, hay siempre un clamor de ceniza que busca rescoldo. Un deseo de encuentro a través de las ruinas.

He leído  despacio este poemario. Sonia Aldama lo divide en dos bloques, “de tanto tiempo” y “labios, ojos, vida y calma”.

Habría que decir para empezar que son consecuencia el uno del otro. Encuentro en ambos una estructura simbólica muy aquilatada que, aunque a veces descienda a lo puntual, siempre lo trasciende a lo generalizable.

Con ritmo, cadencia, armonía y formalmente ajustado a la Lírica, Sonia nos presenta primero recuerdos si se quiere intimistas pero que son exportables. Porque  de lo que habla no es-aunque también- de sí misma, sino de un tiempo en el que se tuvo que elegir quién se sería después- por ejemplo en el poema Solas, en abril, o en desvelo-. En la segunda parte del poemario está la ceniza.

La ceniza es lo que resta del fuego, del resplandor. Pero también es “la piel melaza”, la dulzura soterrada, la esperanza.

En este poemario no solo sensual sino sexual y sobre todo arraigado en la  contradicción entre ser libre y ser dos, Aldama siempre busca. Creo que no resuelve esa dicotomía, la vida al fin y al cabo es irresoluble; pero sí deja un resquicio a abrir rendijas ; como en el poema “Destiempo”: «Las bocas codiciadas a destiempo/sobreviven tercas a tanta fragilidad”, nos dice.

Desde su anterior libro, Cuarto solo, Aldama ha depurado la manera de decir: ha llegado al conocimiento del silencio que expresa y ha conseguido  que el símbolo represente un pensamiento.

En Poesía hacen falta Poetas, y Aldama lo es.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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