Chateaubriand. Madame de Beaumont. El buen gusto y el duelo.

Le envían a Chateaubriand cartas de duelo cuando muere Madame de Beaumont. Una dama de la nobleza francesa a quien la Revolución marcó, pues hizo desaparecer a buena parte de sus allegados.

Lee una estas cartas y se queda pensando. No solo en el lenguaje, claro está, sino en las consideraciones. Lo que gentes de condición “elevada” valoraban de esta mujer: su sinceridad, su cultura, su sufrimiento, su inteligencia.  No valoraban su belleza ni su físico, ni su “apostura” sino su altura de miras, su compromiso con lo que se llaman “ valores”. Con lo que antes eran “valores”.

Una mujer que, es cierto, al final de sus días había perdido las ganas de vivir y que fue perfectamente lúcida al afrontar la muerte. Que incluso al propio Chateaubriand consoló.  Que no mostró desesperación sino cansancio al final de sus días.

Lee una los testimonios de condolencia y se pregunta cuánta gente así nos queda. Se pregunta Chateaubriand la razón de no decir los afectos en vida, sino después.  Dice que la condesa quiso ir a Italia. Suena todo, esta lectura, como un crepúsculo de adioses lánguido y contenido. Nada de espectáculos, nada de gestos a la galería. ¿Cuánta gente permanece, nos queda hoy, que culta, generosa, inteligente, aproxime a los demás a un círculo cercano y sea capaz de morir sin escándalo y sus deudos mantengan la mesura, la templanza del buen gusto ?

 

Hacemos de la muerte un espectáculo hipócrita cuando debería ser algo íntimo, mesurado, contenido, tan elegante como el duelo de Chateaubriand y los amigos de la condesa de Beaumont.

Quizá es que ya no nos duelen las muertes de las damas generosas, cultas, inteligentes, y preferimos el griterío de quienes mueren como vivieron: gritando.

Ruido, al fin y al cabo. O una forma de civilidad que hasta para morir ha perdido el buen gusto.

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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