Compañeros de viaje en el verano.

Me había propuesto avanzar en el verano en la lectura de libros pendientes. Me refiero a libros de extensión razonable que llevan tiempo a la espera de ser leídos. Pero la manera que tengo de leer desde hace ya tiempo: leer lo que me da la gana y cuando me apetece, me ha llevado de forma natural a estar dedicando agosto casi en exclusividad a leer dos lbros largos. El avance en el primer tomo de memorias de Chateaubriand, y el libro de Guzel Yájina, Zuleija abre los ojos.

Estoy dedicando agosto a estos dos libros principalmente. Y me sonrío porque demuestra algo que yo ya sospechaba de mí: si eliges lo que te da la gana, es evidente que hay libros que, de momento no me “dan la gana”. Lo digo porque el libro de Sampson sobre Mary Shelley volvió a la Torre.  Es un libro ligero y ameno, que se podría haber leído en una semana. Pero leídas unas sesenta páginas me encontré sin la menor gana de continuarlo. Se lee bien y volveré a él. Cuando tenga gana de leer algo ligero que no descubre realmente a la Shelley sino que es una biografía para entretener con ciertos pujos de alta literatura, a la que de ninguna manera llega.  Y no. De momento no es su turno.

A la vez, avanzo muy despacio en los ensayos de Brendel sobre música. Otro libro de “peso” y calado, del que ando tomando notas, del que aprendo y con el que me doy cuenta de que desconozco temas fundamentales en música. Me pierdo en tecnicismos: por ejemplo, yo no sé leer una partitura, eso impide quizá llegar a todo el calado del libro, sin embargo aprendo de él. Es otro tomo de más de seiscientas páginas: a veces he puesto aquí alguna reflexión sobre el mismo, y seguiré haciéndolo así, porque me llevará meses y sé que calo mejor su sentido apuntando reflexiones según leo que haciendo una reseña al uso.

Con esto vengo a reflexionar que es mucho más divertido no planificar lo que leo. Saltar de Chateaubriand, tan mesurado, reflexivo y lúcido, con las páginas de altísima calidad intelectual, sus reflexiones sobre el devenir de la historia, sus descripciones del tiempo que le tocó vivir y su melancolía resignada, saltar de esto, digo, al duro relato de Yájina, la Rusia de los años treinta, el  dolor de los deportados, la revolución rusa y sus contraluces, y pasar luego a la serena reflexión de Brendel sobre el arte, la Belleza y la creación, es una buena mezcla: deriva en asociaciones, en paradojas, en abrir el pensar a cómo podemos ser tan ruines o tan magnánimos.

Quizá el verano en el fondo me pedía esto: leer libros en profundidad y lentamente porque yo también necesito  ese tiempo de pensar pausado, de aprender pausado, de diálogo mesurado con los libros que leo.

Y está siendo un verano mucho más rico intelectualmente que si hubiera leído con premura seis o siete libros que, de momento no me piden paso.

De eso se trató siempre al menos en mí: de lecturas acordes a mi propio tiempo interior. Aunque hubo unos años que no supe reconocerlo.

Bueno es haberlo visto a tiempo. Cuando la vida –la mía- tiene ya más pasado que futuro, hay que elegir los compañeros de viaje y cuándo hacemos el viaje con ellos.

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
Esta entrada fue publicada en Literarismos. Guarda el enlace permanente.