«Zuleijá abre los ojos» y los nuevos refugiados. Reflexión de lectura.

Leo a Guzel Yájina. Escribe sobre los deportados. Los años 30. Los kulaks. Ya comenté algo por aquí.  Yájina no ahorra miseria. Tampoco ternura: esa imagen de Zuleijá salvando al gorrión ante el matón de turno. Este es un libro muy denso. En él hay párrafos que asfixian. Y también belleza y remanso. Y también una mirada ingenua que no entiende nada porque su mundo se ha reducido al maltrato  de su marido y al despotismo de su suegra; Zuleijá mira. Se hace preguntas. Se compadece de forma podríamos decir animal de la miseria ajena.

Veo esos trenes a ninguna parte. A los sucesivos protagonistas de la novela; tampoco son buenos o malos. Almas primitivas en la mayoría de los casos. Al menos hasta ahora. Ese obedecer órdenes, ciego y sordo, hasta que hay una pequeña rendija que se sacude, como algo molesto; Ignatov.

 

Según leo pienso en otros trenes. Esos trenes de la muerte que estaban por llegar. Objetivo manufacturado. Seres reducidos a cosas. Recuerdo a Primo Levy, “si esto es un hombre”.

Veo al Open Arms. Las barcas. Los nuevos objetos de trata. Los  abandonados de todos. Estos silencios esperando que haya otra noticia más interesante.

 

Zuleijá es un personaje de novela. Pero lo que representa, no.

Sigue ahí. En cada telediario. Ahora se retransmite el horror mientras nos zampamos el filete y nos tomamos el café.

 

Nadie nunca hizo nada.

Nadie nunca hará nada.

*Habrá reseña más adelante*

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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