Primer acercamiento sobre Montaigne. Chateaubriand y lo perdurable.

Pensaba que  fueran breves notas sobre Montaigne y Chateaubriand-quizá incluyendo otras referencias- pero se ha convertido de momento en dos capitulillos medio ensayísticos que, a  saber si tienen interés. Por si apetece reflexionar conmigo lo dejo por aquí. La primera nota apareció en Facebook, la segunda corresponde a mi diario personal.

I –La hora en punto.

 

Me acerco a Montaigne creo que justo en la edad en que Montaigne y yo podemos ser amigos. Aunque se le puede leer a cualquier edad creo que hay escritores a los que hay que tenerles ¿cómo diría yo?…una cierta consideración lectora.  Pensando en mi caso personal sé que a mis veinte años puede que hubiera pasado por alto la mayoría de sus escritos- de hecho efectivamente ni lo tuve en cuenta a la hora de escoger lecturas-.

Hay libros que se aproximan en el comienzo de la juventud; como precursores, o abriendo camino. Y una los lee un poco embarulladamente si se me permite la expresión. A salto de mata: queriendo leerlos y “pasar al siguiente”. Y así aparece la poesía de Lorca, la de  Alberti, el primer Gerardo Diego, los ultraísmos de Huidobro, Hermann Hesse, Cortázar en su vanguardismo…muchos otros, conste, me dejo fuera de la relación a muchísima gente que me acompañó en mi primera juventud.

Pero una lee a borbotones entonces, o mejor: a dentelladas: pasa de uno a otro, asimila, se queda con algo de este, le encanta la prosa de aquella, se desconcierta con las narraciones de otras, se ríe a carcajadas con las ocurrencias de alguno- pienso por ejemplo en “el hombre que fue jueves”, de Chesterton-, y naturalmente como es lógico deja fuera a otros.

A Woolf la leí con veintipocos años, como a Rosa Chacel, o a la Gaite, por citar tres de mis fetiches, y sin embargo, en la relectura de la madurez he recobrado esa lectura de otra manera: con un camino ya transcurrido, conociendo y pudiendo entender muchísimo mejor a estas escritoras.

 

Estudié a Fray Luis y a Virgilio en el instituto y sin embargo no fue hasta más cerca de los treinta y muchos cuando pude sentirme amiga de ambos. Lo mismo ocurrió con Galdós y con  Cervantes y El Quijote. A ambos los leí en profundidad a partir de los veinticinco: antes eran “unos plastas”. A pesar de la edición de Galdós que había-y hay- en mi casa, hasta una cierta edad no inicié el apasionamiento y el disfrute.

Con Montaigne sucede otro tanto.

Hay escritores/as que necesitan no solo madurez lectora para llegar a ellos sino haber vivido y tamizado lo vivido. Y no se pierde nada con leerlos a los veinte años, conste; no digo eso, pero sí que la lectura es otra.

Y me acerco así a Montaigne. Despacio, golosamente. Ya sabiendo cómo leer. Con la experiencia acumulada de tantas otras lecturas, con una vida vivida que puede entender muchas cosas que a los veinte hubiera entendido quizá mal. Y eso que mi vida no ha sido precisamente “vacía”, pero aun así.

 

Y leo al que ya, observando su forma de contemplar el mundo puedo llamar respetuosamente, amigo. He aquí su concepción de la mentira, del honor, de la franqueza, de los tratos, de la iniquidad. Avanzo y subrayo. Y sonrío. Tenía que llegar, pienso, pero a su hora en punto.

 

 

 

 

 

 

II- Entre Montaigne y Chateaubriand.

 

El gozo de leer sosegadamente este tipo de libros. De seguir un pensamiento y, naturalmente, situarlo en su contexto, y ver cómo discurre una inteligencia privilegiada: igual que Chateaubriand, igual que tantos otros que han perdurado Podría-si no me diera una enorme pereza- escribir un ensayo larguísimo sobre esto: cómo la inteligencia trasciende los siglos. Incluso aún cuando podamos no asentir a determinadas opiniones; porque también esa opinión razonada, hay que situarla en su contexto.

 

Ese es el verdadero placer lector: poder construir un diálogo con el autor/a a pesar del tiempo. Sentir que, aunque ellos igual no lo pensaron, estaban escribiendo para generaciones futuras. Y que hay tanto en ellos de lúcido, de aplicable, tanto para aprender.

 

Esa distinción entre cobardía “conocedora” y cobardía “ ignorante” que hace Montaigne, por ejemplo. Sugestiva. Y actual: la mala fé del cobarde y la cobardía por simple miedo. Dice Montaigne que él tiene “miedo al miedo”, que éste puede ser irracional y que, a la vez, un miedo insuperable puede dar lugar a un acto valeroso. Siempre deja pensando: porque siempre deja un lugar para la duda. Chateaubriand por ejemplo con sus actos de coraje e independencia frente a lo innoble. ¿ Cuántos hay así hoy?

 

Estos libros, sí. Estos libros que hablan a la esencialidad de nuestras vidas: en Chateaubriand continuamente el sentimiento de lo inane, del “vanidad de vanidades”, de la ruina y el olvido en que quedará todo. Y sin embargo, la amenidad de lo que cuenta, en cómo describe la vida y la historia que vivió. En Montaigne el iniciar cada capítulo  con unos argumentos para, después, ponerles objeciones, con ejemplos.  Dejando al lector- yo, en este caso- pensando muchas veces en la ironía . Y ese humor a veces soterrado, a veces evidente.

 

Y claro que leo “actualidad”, pero prefiero la Grandeza. Lo que no es  flor de una moda. También hoy hay escritores/as así, claro. También algunas/os llegan a ella sin saberlo. Porque a lo perdurable se llega sin buscarlo: se llega porque lo que se dice nos atañe a nuestra esencia atemporal de seres humanos.

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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