En el centenario de la muerte de Galdós.

Para escribir de Galdós, como para tantas cosas de mi vida, tengo que remontarme a mi infancia.  En casa se conservaban las ediciones antiguas de este, de los episodios nacionales. No las que luego en los años cuarenta se pusieron con otra portada; las auténticas.

Proceden de la biblioteca de mi abuelo materno. Estaban ahí juntos, los episodios nacionales aunque faltaba algún número de alguna serie, otro libro de artículos escogidos, una especie de gavilla, para entendernos. Y alguna cosa más que también conservo.

Yo no leía de pequeña esos libros, claro, me parecían libros viejos para mayores. Pero sí recuerdo haber empezado Trafalgar. Ese me lo leí entonces. No entendí demasiado y a la vez hubo algo que me hizo pensar que “cuando fuera mayor” lo volvería a leer porque me gustaba aquel Gabriel Araceli.

 

Allí quedaron durante años. Al tiempo que en el instituto    nos obligaron a leer Miau, que saqué de la biblioteca pública porque no tenía pelas para comprarlo. Me encantó el libro.

Al año siguiente en segundo de Bup, repitiendo,  le tocó a Fortunata y Jacinta. El profesor que sustituía a la titular por no sé qué motivo, nos hizo aburrirnos todo el año: solo daba apuntes, apuntes, apuntes.  Nos dijo que nos leyéramos el libro en quince días y yo ante aquel tocho, me leí el prólogo, el resumen, y aprobé el examen. Punto. En tercero tuve una buena profesora. Alguien que era profe por vocación. Nos habló de Galdós, nos contó anécdotas, y yo me atrevía a llevarle para que lo viera uno de aquellos Episodios Nacionales.  “Tienes una joya en casa”, me dijo.

Aquella profe me animó a escribir. Me dijo que si esa era mi vocación, la siguiera, que no me deprimiera porque me suspendieran matemáticas, que escribir era un don. Me dijo que estaba segura de que yo haría Periodismo, como quería. Y me encargó un trabajo sobre algún episodio de este escritor.

Lo hice sobre Trafalgar. Me puso un notable.

La vida me fue llevando luego por muchas lecturas diferentes, de otros autores, de un intento de leer Fortunata y Jacinta y Misericordia, pero un poco de modo como obligándome. Fue sin embargo una semilla.

Al llegar a la Universidad,  un amigo fraternal de la familia, un hermano prácticamente para mí, un hijo prácticamente para mi madre, me dijo al empezar el verano: “no puede ser que no hayas leído a Galdós detenidamente, con lo que te gusta la historia, y lo cotidiano”.

Empecé los Episodios.

Me los terminé en septiembre, compré los que me faltaban usando parte de la beca para los estudios. Y a lo largo del año siguiente fui comprando en la librería Rafael  Alberti los tomos de sus obras completas.  Y leyendo, leyendo, leyendo.

 

Desde entonces Galdós es un amigo. Alguien al que regreso siempre. Un ejemplo de cómo narrar. Una enseñanza para historiadores, una riada de realidad y minuciosidad en lo sencillo que acerca al lector a la vida esa que yo también tanto estimo: la vida humilde y normal de la gente corriente.

 

Se cumplen cien años de su muerte hoy, cuatro de enero.

Pero no ha muerto. Está más vivo que nunca, más actual que nunca, más lúcido que nunca. Y nos hace falta leerlo con atención, despacio. Tan despacio como él describía las discusiones literarias de los cafés, o el mobiliario de la casa de Salvador Monsalud: el afrancesado de su segunda serie que termina en el exilio adelantando la novela la realidad de tantos exiliados  décadas más tarde.

 

A Galdós se le ha acusado de tener un lenguaje pedestre que no era precisamente un dechado de lírica; Valle Inclán  lo llamó “Don Benito, el garbancero”. Quizá Valle nunca supo entender que la gente, la gente normal y corriente “habla así”. Pero a Valle quizá no le interesaba mucho la gente sino expresarse él a través de sus personajes. En todo caso, el despectivo se convierte en mi criterio en un elogio: porque hablar de garbanzos es hablar de eso que nos pasa todos los días mientras a la vez vemos la Historia pasar por nuestro balcón: como Fortunata. Y hay que ser tan buen escritor como Don Benito para saberlo ver y contarlo.

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
Esta entrada fue publicada en Literarismos. Guarda el enlace permanente.