Vivir en “El Balneario”. Rescatando una novela de Carmen Martín Gaite. —

Leí el libro que vengo a rescatar, El Balneario, de Carmen Martín Gaite,  con veintipocos años, y, en ese entonces, me resultó un poco extraño.  De aquella lectura recuerdo que me gustó la naturalidad del lenguaje y a la vez me inquietó lo que en el fondo se estaba relatando. Fue, como otros muchos libros, uno sacado de biblioteca pública. Si no me falla mucho la memoria me lo recomendó un profesor de facultad.

El caso es que leí el libro y me dejó buena sensación, me parecía que aquella manera de relatar era distinta, que no seguía las pautas habituales de otros libros, pero a la vez me parecía de un tiempo muy anterior al mío y se me quedó un poco la impresión de no terminar de haber llegado al fondo de relato.

 

Después, con los años, he ido leyendo cada vez con mayor entusiasmo –y conocimiento- a Carmen Martín Gaite, sin embargo algún título suyo permanecía, como este entre los de mi juventud, sin relectura.

 

Naturalmente ahora sí se me ha quitado esa sensación de extrañeza al releer El Balneario, en la edición de Siruela.  Lo que no terminé de pillar, por decirlo vulgarmente, es la contradicción entre el sueño y la realidad de la protagonista. Claro que sí interpreté que “estaba soñando”; pero no fui capaz de comprender toda la carga de profundidad que ese sueño lleva consigo: todos los deseos frustrados, los anhelos reprimidos, las esperanzas de otro tipo de vida que tiene la protagonista a través del sueño, a pesar de su miedo, en contraste con la vulgar, triste, gris, monótona realidad de su vida

 

Tampoco fui capaz de ver entonces la gradación de inquietud y suspense que, con meras frases ambiguas va dejando en el lector, hasta llegar al climax de su sueño y su brusco despertar.  No supe entonces calibrar cómo mediante una descripción gradual, en inicio muy comedida pero que se va acentuando con adjetivos casi propios de novela gótica,    desde el inicio pone en alerta al lector de que allí, en El Balneario, pasa algo que no es normal, Lo que empieza siendo una llegada a un lugar de descanso inmediatamente se advierte hostil; el marido de la protagonista parece dominarla de algún modo, los rostros que ve parecen hostiles, cuando se queda sola en la habitación se siente vigilada, por no hablar del Molino, del río, del jardín, descritos de modo fantasmagórico, siniestro.

Este clima llega al final de la primera parte, hasta las frases en que el lector avisado se da cuenta, cuando traen al marido muerto seres inclasificables, de que está soñando.

 

Y entonces, en un juego brutal de realismo, Martín Gaite pasa del sueño a la grisura. Esta mujer de treinta años- estamos en la década de los cincuenta del siglo pasado (recibió el Premio Café Gijón en 1954)- es lo que entonces se llamaba “una solterona”. Veranea en un balneario y su diversión mayor es jugar al julepe con una pandilla de amigas que también veranean allí.

 

El efecto conseguido es demoledor.  La narratividad se impregna de alivio en la protagonista, pero en nosotros queda el deseo de saber más de quién era ese “marido “irreal”; de qué huía, incluso en ella hay un atisbo de querer volver al sueño o de recuperar a Carlos: “Mira el espejo […]le parece que va a continuar el sueño interrumpido”.  Pero, naturalmente Gaite nos lleva a la realidad otra vez: a nosotros hoy nos puede parecer mezquina, quizá a la propia autora también y ese es su mayor logro: conseguir que reneguemos de la tranquilidad de Matilde cuando dice “ se ríe complacida y señala a la imagen con el dedo [ …]yo soy esa, yo soy esa, yo soy tú”.

 

Las páginas finales, en las que se resaltan todas las cosas que a la señorita Matilde le dan seguridad: todos se conocen, ella procede de una familia “con apellidos”, allí la conocen todos y la estiman, las cosas siempre ocurren como deben ocurrir, sin sobresaltos, no son más que la exposición de Martín Gaite de cómo en los años cincuenta existían mujeres que necesitaban esa tranquilidad en sus vidas, negándose a los sobresaltos de “los sueños” que acaban mal- el cuerpo muerto es naturalmente una metáfora-, es decir, de la represión de cualquier tipo de libertad interior:“soñar” y exterior , “salir del Balneario”. Por eso esta novela  es tan triste, si se me permite la expresión y a la vez tan lúcida: porque en aquella España las mujeres seguían en “los balnearios” y su afición era jugar al julepe. También dicho metafóricamente.

 

Novela social. Claro. Solo que sin hacer una defensa explícita de ella. Novela  que podía ser una llamada de atención, naturalmente: y escrita con la suficiente inteligencia como para que ningún  censor mandara a su autora al “Balneario”.

 

Magnífica. Y hoy puedo decirlo, casi cuarenta años después de aquella inocente primera lectura.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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