Arquitectura. Lugares ocultos y reflexión sobre ciudades.

Llevo unos ocho días leyendo a Macfarlane, su libro “Bajo tierra”. Escribe este acerca de lugares subterráneos, grutas, cuevas, pozas, túneles, y bastantes más a los que ya llegaré porque voy despacio. El caso es que, al hilo de este libro que intenta repensar el valor interior de lo escondido, dándole en muchas ocasiones- ritos, por ejemplo- un sentido espiritual, no solo a ellos sino al paisaje que los rodea, ayer, por otro medio, me llegó una entrevista muy sugestiva con el paleontólogo y premio Príncipe de Asturias , José Luis Arsuaga. En la entrevista  que puede ser bastante polémica pero que a mí me resulta muy positiva viene a decir que no se puede pedir a la ciencia que resuelva los problemas que ha creado el ser humano, sino que deben  ser los políticos los que trabajen por soluciones inteligentes para que la ciencia no tenga que venir al rescate cuando ya no hay remedio. Habla sobre globalización, sobre las ciudades, sobre las consecuencias de aquella. Y habla del “pensamiento mágico”  acerca de la Ciencia: y si se lee como se debe leer esto y no superficialmente, viene a decir que se ha sustituido a Dios por la Ciencia como “salvadora” de los errores cometidos por el ser humano.

 

Esto me ha hecho recordar que tengo un libro que compré hace años y que no leí- creo que no era el momento y que los libros te “llaman” cuando están a punto- : “La ciudad en la historia” de Lewis Mumford.

 

Ando empezando. El tema al que quería yo llegar con este escrito es a cómo  entrelazamos esa espiritualidad de Macfarlane, con la visión de los espacios que nos rodean y las ciudades, en un mundo como dice Arsuaga, globalizado.   Y como podemos recuperar el espacio interior, oculto, en nuestros paisajes urbanos aglomerados e intransitables. Y también cómo deberíamos evitar poner a la Ciencia en el brete de “solucionarnos la vida” cuando hemos sido nosotros muy a menudo quienes la hemos descuidado.

 

Deberíamos repensar el mundo que realmente queremos. Creo.

Estos días en los que mis salidas están programadas, y a pesar de la cantidad de escritos despectivos, agoreros y que parecen buscar solamente lo negativo de cualquier cosa, he llegado por ejemplo a la Plaza de Manuel Becerra. La pueden ver en la fotografía. Si la miran bien, es una plaza ancha, grande y abierta: llena de luz. Sin embargo esto no se ha podido comprobar hasta que “se ha vaciado”.  Las plazas están para pasearlas, claro que sí, y los parques, los jardines y los espacios naturales. Pero  si en vez del paseo hacemos de este un estallido de gente,  estos lugares pierden el sentido para el que fueron creados: pasear con tranquilidad. Los  jardines de Madrid,  como el Retiro, tienen lugares ocultos, escondidos, en los que yo me he perdido alguna vez sin querer por mi mal sentido de orientación y que he agradecido haberme despistado. Porque solo estaba yo. Sin embargo, ese mismo parque cuando se llena por cualquier acontecimiento que haya allí, pierde su sentido íntimo, sagrado casi, interior, para convertirse en una multitud aglomerada de gente que no solo no disfruta sino que además no puede literalmente avanzar. En la Feria del Libro que yo tanto quiero, hace un par de años diluvió casi toda la Feria: a mí me pilló un día: era imposible salir de allí con el gentío. El resultado fue un catarro de una semana.

Es doloroso que sea una pandemia la que nos haga reflexionar- y eso a quien reflexione, porque habrá que ni lo haga- sobre esta serie de cosas. Pero es necesario. Como dice Arsuaga, es necesario actuar y como dice Macfarlane es necesario recuperar el sentido de lo íntimo y espiritual de los lugares. En unos días escribiré sobre Mumford, porque apenas he abierto el libro, pero ahora sí que le ha llegado su momento.

 

Y dentro de estas reflexiones, permítanme una personal. Tan nocivo es mantener una alegría impostada ante el momento que se nos ha venido encima como mantenernos con el dedo acusador durante las 24 horas del día a ver todo lo que podemos resaltar de negativo de la gente.  Subjetivamente, ambas cosas me parecen tóxicas, sin empatía la primera hacia quien sufre y sin empatía la segunda hacia quien se esfuerza cada día. Como dice Arsuaga: ya vale de predicadores de la Verdad. A mí por lo menos, me sobran.

 

 

 

 

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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