Macfarlane, “bajo tierra”. Recogerse para encontrarse.

Del libro Bajo tierra de  Robert Macfarlane tengo unas quince páginas de anotaciones en una pequeña libreta, que les voy a ahorrar a mis lectores para no cansar, porque esto es sencillamente una reseña de un libro, y una reseña a mi manera.

El libro narra los lugares ocultos, sagrados algunos, otros con un fin mucho más amenazante, como los contenedores de residuos nucleares, otros sencillamente inaccesibles, algunos extraños y enigmáticos como el París subterráneo, una ciudad debajo de la ciudad visible, que podemos encontrar bajo tierra.

En cada capítulo Macfarlane nos sitúa en un paisaje inédito, que el denomina fuera del tiempo y del espacio, más allá de la realidad accesible, y en el que de alguna manera encuentra la intimidad, el recogimiento, la sensación de la espiritualidad, muchas veces de la eternidad y algunas de un  futuro áspero y sobrecogedor.

 

Dice por ejemplo: “Vivimos en el Antropoceno, una era de cambios inmensos y a menudo temibles, de escala planetaria en la que la >crisis> no es un Apocalipsis futuro que nunca llega, sino más bien algo que sucede a menudo y que experimentan con mayor severidad  los más vulnerables. El Tiempo está profundamente descoyuntado y el lugar también”.

 

Macfarlane nos habla de la materia  colaborativa de los bosques y sus asociaciones vegetales para que este sobreviva. De la búsqueda de la materia Oscura, como algo indetectable, que solo deja la huella de dónde estuvo, y que le sirve para entablar una discusión teológica en un momento del libro, que considero uno de los momentos más interesantes de este.  Nos habla de las investigaciones sobre la red colaborativa de los árboles e incluso al escribir sobre ella nos cuenta de un modo lírico y poético acerca de la “timidez de los árboles”, comparando la intercomunicación entre las raíces con el amor.

 

Pero también nos escribe sobre el subsuelo de París, los enterramientos masivos en las catacumbas al crecer exponencialmente  las defunciones, hacia el siglo dieciocho, diecinueve, o de los ríos sin estrellas, es decir ocultos bajo tierra, fuentes de la literatura desde sus orígenes, el Leteo, por ejemplo, y de ahí nos introduce en una expedición al Carso, al Timavo, y a la espeleología  e incluso por asociación a los cultos a Mitra.

 

Pero bajo tierra también supone horadar la montaña y ver las tierras  huecas de Eslovenia y el sobrecogedor paraje en el que en una Foibe en el año 45 “fueron asesinados entre cuarenta y ochenta personas, policías italianos , números de la guardia civil eslovena y civiles”

 

De ahí pasamos  a la búsqueda de “los bailarines rojos” en las islas Lofoten, de Noruega, pigmentos que mediante la luz semejan figuras bailando en plena oscuridad y que parece hacer referencia al mito nórdico de los pies bailando en la oscuridad  para pasar al otro lado de la vida.  Y que el autor describe como “un lugar de creación trascendente [ en donde] el tiempo cambia, se detiene, se pliega”.

 

Los capítulos  finales sobre Andoya, en Noruega, Kulusuk o el glaciar Knud Rasmussen son más rápidos en su relato, más directos, más informativos que poéticos, y cuando esta-la poesía- aparece es más grandilocuente. En ellos y en el titulado “el escondite” que hace referencia a los cementerios nucleares, a mí me parece que Macfarlane se ha dejado llevar algo más por el deseo de dar pinceladas y detenerse poco. Tienen interés por la “geología” de lugares más allá del tiempo digamos “tangible”, pero se detienen menos en la interpretación.

 

El libro a mí me ha gustado mucho. En todo él late un deseo oculto, inexpresado: asociado también a lo que cuenta: el deseo de lo íntimo, lo oculto, lo recogido, lo interior que nos haga iluminar las sombras.  Esta idea permanece hasta el final, como una trascendencia que motivara una búsqueda, ser más, siendo más interiores. Recogernos para hallar la luz en la oscuridad.

 

Y en estos  tiempos en que no sabemos bien la tierra que pisamos, un libro así ayuda a vernos mejor. Por eso lo recomiendo.

 

 

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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