Buscar un hogar para quedarse. Escritores que voy leyendo.

Sigo con este ritmo de lecturas lento al que se añaden libros que voy alternando. Ayer anduve con Wolfe, deteniéndome en su descripción del “octubre inglés” de 1926.

Lo que más llama la atención, no solo en esta “nouvelle” titulada en genérico “no hay puerta” es su capacidad de adjetivación. Cada cosa, ser, objeto, paisaje, sentimiento incluso, tiene su adjetivo correspondiente. Eso y las palabras que se repiten como en círculos, detienen la acción para en realidad presentar escenas.

Escenas en un instante temporal.  A Wolfe no le interesa la acción-al menos en lo que voy leyendo hasta ahora- sino la introspección. El interior de las cosas: y además dejar evidente un sentimiento que recorre su prosa: el no encontrarse en un lugar. El no pertenecer y la añoranza de ello.

Wolfe da la impresión al lector de presentarse como alguien que siempre está buscando un hogar en el que recalar. Y nos muestras lugares, personas y paisajes, tanto en lo agradable como en lo desagradable, como quien exhibe ante los lectores una sucesión de diapositivas para que decidamos, pero…Pero al final, él concluye que no, que tampoco es eso lo que busca. Wolfe, en esta nouvelle no tiene dónde recalar, por eso “no hay puerta”, por eso está destinado a no estar. A seguir su camino: viajero errante sin querer serlo, cansado de ojos que miran y se desengañan, sí. Y a la vez nos ha retratado personajes, paisajes y vidas con una prosa exquisita y bellísima.

Sigo con él mientras lo alterno con Calabuig, La playa y el tiempo, del que llevo pocas páginas para juzgar, pero del que también se deducen desde el principio la morosidad y la búsqueda infinita del tiempo que huye.

Es como si los distintos escritores que ando leyendo se hubieran puesto de acuerdo para decirme que el único Hogar donde encontrarnos somos nosotros mismos. No sé si esa idea me convence en lo personal prosaico, pero sin duda la idea es sugestiva.

Seguiré leyendo.

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
Esta entrada fue publicada en Literarismos. Guarda el enlace permanente.