Sobre novedades de otoño y una nueva forma de leer

 

Aún no he llegado al punto de un notable autor español que al preguntarle a mediados de los años cincuenta del pasado siglo qué leía, respondió que “no leo, releo”. Me refiero a Gil de Biedma.

No. Aún no he llegado a eso, pero sí he llegado al cansancio infinito que me van produciendo las apariciones de “las novedades de temporada”. En mitad de la pandemia, un editor al que respeto mucho, el editor de Pretextos, en una conversación virtual, vino a decir que había que afrontar de otra manera el sector editorial. Que no se podía inundar al lector.

Claro que en el confinamiento se hicieron grandes propósitos y se habló y escribió mucho en todas partes sobre “la nueva manera de entender la literatura y al lector”. Duró lo que duró el confinamiento. Naturalmente. En el momento en que acabó, pareció que nos “dispensaban” de los buenos propósitos a todos y, otra vez ando leyendo y escuchando acerca del “otoño de novedades librescas”.

 

Es sangrante lo pronto que se olvida el sector de que los lectores seguimos queriendo que no nos inunden. Sobre todo, con libros más de lo mismo.  Es como si aquí no hubiera pasado nada y hubiera que incorporarse al carro de la prisa y el engullimiento de libros sin masticar mientras crecen los estantes de novedades y los anuncios-subliminales o no- en las redes.

 

Pero una-yo- sí ha cambiado en el confinamiento. Desde ya antes de él venía eligiendo bastante qué leía y qué no: durante él, solo avancé en tres o cuatro libros que aún estoy leyendo. Y una de las cosas que tuve claras fue que yo no tengo tiempo para engullir y tragarme los libros que lea, sino que me quiero con tiempo para disfrutar sin prisa lo leído. No, yo no “releo”, pero desde luego nunca más engullo.

 

A este respecto se da cuenta de la decisión de no celebrar la Feria del Libro de Madrid. Y no saben cuánto me alegro de que no se celebre. Era una irresponsabilidad absoluta que querían imponer diversas editoriales de las llamadas “grandes”, a cuenta del negocio e importándoles una breva la salud de las personas. Era además o hubiera sido una ruina para los libreros que, hubieran visto vacías de “estrellas” las casetas- los escritores, grandes o pequeños no son tontos, aunque se les tome por tales y muchos hubieran declinado su asistencia-, y el “público” o sea, los lectores, no estaba por la labor de irse al Retiro a ver si había suerte y no se contagiaba.

El panorama literario que se avecina me parece desolador, eso sí. Pero no porque las librerías no estén dando lo mejor que tienen- a menudo las han puesto literalmente a los pies de los caballos y en la pandemia son quienes han sostenido los libros con sus encuentros virtuales, con sus bonos-librería, y con una imaginación que alguien debería novelar-, sino porque o creamos una nueva forma de editar, una nueva forma de repensar las librerías y una nueva forma de acercarnos al lector, o no habrá público.

No habrá público lector   Porque las “mesas de novedades” languidecerán simplemente porque los lectores/as no están en condiciones de comprar “todo lo nuevo maravilloso” que nos van a echar por encima.  No están en condiciones anímicas ni mucho menos económicas.  Y, por cierto, se me ocurre. Qué falta harían ahora las ediciones de bolsillo, que a mediados de siglo acercaron la cultura a economías precarias.  Porque en esa economía estamos entrando: no ya “los de siempre”, sino muchos de aquellos que nunca pensaron que iban a estarlo.

 

No alboroten con novedades de ultimísima hora, se arriesgan a que la gente se dedique, hastiada, a releer.

 

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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