Sobre Traducciones. Ursula K. Le Guin y Caroline Lamarche.

Diversas lecturas que no voy a comentar de modo individual me llevan a pensar en el tema de las traducciones. Leí el libro de entrevistas de Ursula. K. Le Guin, y el libro de Caroline Lamarche, Estamos en el borde.

El primero me interesó y me dejó con la constatación de que no había leído a Le Guin y su entrevistador sino a la traductora que hace un flaco favor a su editorial. Lamentable ejercicio de narcisismo, de querer estar en el libro, cuando la labor de un traductor es precisamente no estar, sino dejar que hablen los autores.

El segundo me pareció un libro digno, sin entusiasmarme en exceso, relatos que obtuvieron el Goncourt en el año 19, y que no me conmovieron salvo dos o tres. Sin embargo, aquí leí a Lamarche. Su traductora, Raquel Vicedo, desaparece para “ser” portavoz de la autora. Y se agradece infinito.

Me resulta curioso que, sin interesarme en exceso un libro, este último, haya salido mucho más satisfecha de su lectura que del primero que me interesaba a priori mucho más y del que salí completamente decepcionada, y todo esto por causa de las traducciones.

Esta moda que ahora parece existir de “adaptar” el lenguaje del autor/a , al lenguaje “de la calle”, la considero vergonzante.  Las palabras son sagradas. Y hay que tratarlas con respeto. Si no fuera así, la traducción de El Quijote podría empezar “ En un pueblecito manchego del que no me acuerdo del nombre porque no me da la gana”.

Para acabar: creo que no se trata de modernizar el lenguaje, sino de una cuestión de pulcritud. Al leer a la traductora de Le Guin no pude evitar pensar la condescendencia con la que esta hubiera mirado ese afán de “modernidad” en las palabras, que nunca fue una aspiración de la escritora: solo quiso contarnos sus mundos imaginarios: con mucho más vuelo que este alicorto de quien no sabe que para volar hay que aprender cómo se vuela.

La labor de los traductores es un trabajo silencioso, esforzado y muy a menudo oculto. Un trabajo muchas veces ni reconocido por las editoriales. Un trabajo mal pagado y lleno de problemas reales de interpretación, búsqueda y sobre todo un trabajo que en la mayoría de las ocasiones implica la complicidad con el autor/a del libro. Entrar en su mundo; no solo en el del libro sino en su mundo sígnico, en lo que le importa, le conmueve o le repugna. Por eso, cuando leo traducciones indecentes éticamente, siento que traicionan no solo a la Literatura sino al oficio de Traductor. Que también, cuando está bien hecho, lleva Mayúsculas.

Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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